sábado, 3 de octubre de 2009

Escribir sobre lo vivido. Observar, explorar, ordenar y clasificar para comprender.

Dr. Antonio ALANÍS HUERTA

Para aprender a escribir bien es necesario atreverse a escribir; dar a revisar lo escrito; reescribir el texto y volver a revisarlo hasta que tome forma consistente, interesante, coherente y consolidada. Con esto, probablemente nuestros lectores tendrán la disposición para leernos, para que los mantengamos atrapados en el texto y lo logren comprender bien en su conjunto (Antonio Alanís Huerta).

1. Planteamiento

Una de las razones por las que he comenzado a escribir este breve ensayo es porque, al revisar los escritos de mis estudiantes de posgrado, me cuesta trabajo y tiempo reconocer línea por línea y párrafo por párrafo la estructura de sus textos. Pues si bien estos trabajos comparten información común (inputs), lo cierto es que existen grandes diferencias conceptuales y contextuales entre ellos. Estas diferencias cualitativas obedecen a diversos factores, entre los que se refieren a prácticas de la escritura, a la capacidad literaria para redactar y, por supuesto, al gusto por escribir.

Debo admitir que mi experiencia como lector y conector (sugerente) de trabajos escritos de estudiantes de posgrado, se remonta a 25 años, y en todo ese tiempo he encontrado, más o menos, los mismos problemas en común, los cuales son ortográficos y sintácticos. Siendo el contenido el problema de fondo; es decir que si se trata de comunicar un contenido, por escrito, es evidente que la condición necesaria del texto es el fondo de la comunicación. Pero para comunicar adecuadamente su contenido (fondo), requeriremos del uso adecuado de la forma.

Por otra parte, bien cabe precisar que incluso cuando la elaboración de textos escritos (redacción) es una necesidad en la educación superior universitaria, hay qué decir que no persigue la formación de escritores de forma específica, salvo en los casos en que ésta es precisamente la finalidad. En el mismo tenor, en el caso de la formación de profesionales de la educación no pretendemos formar escritores ni filósofos, pero sí ayudar a que sean mejores pedagogos y didactas. Y para ello es útil saber algo de filosofía de la ciencia y del desarrollo del pensamiento occidental. Luego entonces, son necesarias las bases de filosofía grecorromana y medieval para comprender mejor cómo se ha conformado el corpus pedagógico y el logos de nuestra cultura a través del desarrollo de la historia de la sociedad. Empero, también hay qué admitir que con frecuencia damos por hecho que cuando nuestros alumnos del posgrado en educación son profesores, saben expresarse bien en forma oral y por escrito. Pero esto no es necesariamente cierto; es más común que no hayan desarrollado suficientemente la capacidad de escribir y a veces tampoco la capacidad de expresarse verbalmente. Aquí se nos presenta el dilema de enfrentar el problema, con nuestros estudiantes, para resolverlo; o bien, dejar que el alumno lo resuelva como pueda.

Lo que sucede con mayor frecuencia es que los profesores no revisemos a fondo los escritos y lo que provocamos es que los vicios y la pobreza de redacción continúen o se acentúen con el tiempo y que nuestros estudiantes pierdan la oportunidad de aprender a escribir. En el fondo de esta problemática, encontramos también las deficiencias de formación profesional de los profesores; además de cuestiones éticas y axiológicas que impiden que reconozcamos nuestras propias carencias y que no le dediquemos tiempo extra a la revisión detallada de los textos de nuestros alumnos, donde les indiquemos los errores y les propongamos las correcciones con el fin de mejorarlos. Por lo que al dar por hecho que nuestros estudiantes del posgrado poseen la competencia para escribir asumimos que, como docentes que son, no les resultaría difícil redactar textos sobre su actuación profesional. No obstante, esta hipótesis no resulta del todo sólida a partir de las evidencias de los textos escritos. Por lo tanto, conviene que nos detengamos lo suficiente para analizar las situaciones y encontrar las causas y las explicaciones.

2. ¿Cómo se adquiere el código de lo escrito?

Existen hoy diversos estudios sobre los procesos de adquisición de los códigos del habla, de la lectura y la escritura. Así, por ejemplo, reconocemos procedimientos para aprender a leer y a escribir la lengua materna e incluso alguna extranjera, pero poco sabemos sobre los procesos de cómo aprender a leer el texto y a escribir sobre el texto y el contexto.

El niño adquiere paulatinamente el código del habla aún antes de aprender a hablar; lo aprende de su madre, de su familia y de su pequeño entorno. A leer y a escribir aprende poco a poco con la estimulación temprana, ayudado por su entorno y la escuela en su educación inicial. Pero es hasta que cursa el tercer año de la educación preescolar que entra en contacto formal con el alfabeto y su uso social; siendo en la educación primaria, en el primer año, donde debe aprender a leer y a escribir. Entonces, es necesario un ambiente de estimulación y de necesidad para que el sujeto genere la motivación por el aprendizaje; y esto es válido también para los adultos. Pero tanto en el niño como en el adulto, la experiencia juega un papel determinante en los procesos sucesivos de aprendizajes específicos.

La comunicación compleja, verbal y organizada que es el habla, es una función distintiva al ser humano; es una facultad que se desarrolla a la par que la capacidad de escucha, es decir, en la medida que el oído sano le proporciona a nuestro cerebro el conjunto de patrones auditivos que están a su alcance en el entorno, de forma proporcional elabora palabras para identificarlos, mediando los códigos de equivalencia idiomáticos. Lo cual se refuerza cuando la escucha y la elaboración se sincronizan de manera intencionada. Por lo tanto, aprendemos mejor, aquello que nuestra atención intencionada focaliza como relevante en el medio que se encuentra. Ergo, vale subrayar que la intención y el esfuerzo no bastan para configurar aprendizajes significativos para el sujeto; se requiere de disposiciones mentales que demandan de otros factores para que los códigos de la comprensión y de la explicación se den.

Es importante mencionar que Daniel Cassany, en su libro “Describir el escribir”, señala que existen cuatro tipos de escritores , a saber: el escritor competente, el escritor sin código, el escritor bloqueado y el escritor no iniciado. El primero domina las reglas gramaticales de la escritura y la expresión; el segundo, aunque domina las reglas para escribir bien, no sabe qué decir; no logra escribir un párrafo de manera coherente; el tercero es un sujeto que escribe mucho pero lo hace mal, sin reglas y sin sintaxis; el escritor no iniciado, no sabe cómo escribir ni tiene mucho qué decir, pero tiene la necesidad o la tarea de escribir por exigencia de su trabajo o de sus estudios.

En los ya mencionados cuatro tipos de escritores encontramos a nuestros estudiantes de posgrado (y posiblemente a muchos otros de variados niveles y profesiones), quienes nos entregan sus productos escritos para que los revisemos y les propongamos ideas para mejorar su estructura y contenido. Sin embargo, coincido plenamente con Cassany y otros autores en el hecho de que una revisión de trabajos de un proceso de formación es útil cuando se realiza durante la configuración de productos finales; pero es inútil cuando la efectuamos al final del proceso. Más es completamente inútil si no revisamos los trabajos que nos entregan nuestros estudiantes, y menos aún si pedimos un trabajo escrito y no lo devolvemos revisado; entonces no hay alternancia de ideas y de conceptos; en suma, no hay propuesta alguna.

3. El contacto con la información. De la experiencia a la reflexión

El proceso de indagación comienza con la focalización del objeto de nuestro interés; empieza por la observación intencionada de lo que ocurre en el medio; así que la primera actitud del indagador, del investigador de lo social, es la exploratoria. Esta acción, la de explorar, significa escudriñar y organizar, ordenar y clasificar para luego sistematizar, y redactar el informe. Subrayando que este es el espíritu con que realizan las visitas de asesoría, observación y seguimiento de nuestros estudiantes de posgrado en sus escuelas donde trabajan. Por lo tanto, antes de decidir qué anotar y clasificar requerimos prestar atención, observando intencionadamente el lugar donde está el objeto de nuestro interés; escudriñando su entorno y anotando sus características. En esta tarea es importante observar al maestro pero es fundamental observar qué hace y cómo se mueve el alumno; así que es muy recomendable que establezcamos contacto con los estudiantes y que les pidamos que relaten lo que vivieron ayer en su casa o en alguna visita guiada por las educadoras de preescolar o los maestros de primaria e incluso de clases superiores en los laboratorios, en las bibliotecas o en los trabajos de campo pues seguro que en esos relatos encontraremos información valiosa, conexiones y experiencias que forman parte del vínculo docente con nosotros; en dichos relatos encontraremos también sus intereses, expresados desde sus propias perspectivas. Entonces, “planifiquemos las actividades que les permitirán establecer sus propias conexiones” .

En efecto, es a partir de esta postura intelectual y metodológica que nos haremos las preguntas verdaderas; las que corresponden, en tiempo, forma y lugar al objeto de nuestra investigación o de la situación observada. Así, la indagación no se detiene en el registro de los datos, en la clasificación y la descripción; salta por necesidad al ámbito de la vinculación. Se trata de una vinculación, primero, con lo sabido, con la experiencia del sujeto; luego se prepara la disposición actitudinal para buscar, para indagar sobre lo que no se sabe; es entonces cuando preparamos nuestro plan de documentación escrita o de datos del terreno que pisamos. En síntesis, ponemos atención en lo que encontramos, y no queriendo perderlo, lo registramos en nuestra libreta de notas para que posteriormente lo incorporemos al campo de las explicaciones; preparando la comprensión y los nuevos aprendizajes.
4. Clasificar para ordenar. La función de un orden jerárquico

Toda clasificación es producto de una decisión convencional, asumida por el sujeto sistematizador para darle sentido a la información; es, de hecho, el origen de la voz de los datos recabados. Se trata de organizar nuestra información para preparar las reflexiones y las primeras redacciones del texto comunicador. Sin embargo, asumiendo una actitud crítica nos preguntaremos, ¿qué pretendemos cuando intentamos clasificar y ordenar? Lo que pretendemos con la clasificación y el ordenamiento de los datos es, en primera instancia, establecer un orden jerárquico de nuestros datos; para ello nos ayudamos de las categorías de análisis o de los campos semánticos.

Teniendo los datos bajo un primer orden jerárquico procedemos a su comprensión; de tal forma que habremos de cubrir las etapas ya señaladas de la percepción, análisis, síntesis, explicación, comprensión y comunicación; respecto de las cuales ya he escrito en otro momento algunos ensayos. Ahora bien, en el orden que establecemos se localizan los saberes que sostienen las bases de nuestras verdades. Esta decisión no es arbitraria ni convencional; es una decisión que tomamos con base en nuestra experiencia y buen juicio. Empero, no hay que omitir, de acuerdo con Georges Pérec , que las clasificaciones no son duraderas; pues señala el autor, “apenas pongo orden, dicho orden caduca”. Pero a pesar de todo es necesario ordenar, clasificar y comprender para poder explicar y enseñar. Si esto no fuera así no existiría la memoria histórica. Es por eso que la evidencia del texto escrito es fundamental para estructurar la historia de los pueblos; para puntualizar los distintivos de su cultura.

En resumen, poco importa que un texto ordenado sea una especie de represa en el torrente impetuoso del agua; será, gracias a ello, una muestra temporal de esa agua que se mezcla con otras corrientes en el cauce de los ríos.

5. Clasificar y ordenar para comprender. La perspectiva de un texto alterno
A veces es bueno no apegarse al pie de la letra a las estructuras de clasificación que se proponen en los textos de metodología de análisis del contenido pues puede suceder que de tanto recordarlas y repetirlas, se gastan; pierden color y consistencia explicativa. Mejor, aprendamos a clasificar y a ordenar para comprender; pero cuando queramos conocer otros procesos, otros hechos y otras situaciones intentemos nuevas clasificaciones para generar nuevos entendimientos. No nos detengamos a contemplar únicamente el flujo de la historia; montémonos en ella e intentemos conocerla desde nuevos órdenes, de otras clasificaciones; de otras miradas, a partir de lo que conocemos. Pues la clave de las nuevas historias y de los nuevos textos está en la búsqueda alterna de nuestras explicaciones y comprensiones.
En consecuencia, intentar comprender a la naturaleza por medio de los órdenes impuestos, es un esfuerzo clasificatorio, didáctico, con el que se intenta detener el flujo permanente de la historia. Entonces, lo que queda de esos esfuerzos es la cultura de los pueblos, de sus grupos sociales y sus anhelos. Así, la clasificación y el orden dado a la dinámica social, de la cultura y del conocimiento sólo son imágenes fijas para comprender la esencia del conocimiento de la naturaleza que nos envuelve y de la sociedad donde interactuamos.
Antes de concluir este ensayo, no quiero dejar de mencionar el hecho de que existe un amplio acuerdo entre diversos especialistas en que la expresión escrita se relaciona positiva y directamente con el gusto por la lectura. Pero más aún, la comprensión lectora se asocia proactivamente mejor con el desarrollo de la capacidad de escribir y el placer de leer. Entonces, la compresión y la explicación (que ya he desarrollado en otros ensayos) se fortalecen cuando el sujeto lee y escribe sobre los textos leídos, pero asociando permanentemente lo leído con lo vivido en su contexto. Así, saber las reglas de la gramática es muy importante pero es más relevante si se aplican en la redacción de textos temáticos o en informes de observación sobre lo que sucede en el entorno laboral y social de los sujetos. En suma, es altamente formativo escribir sobre lo vivido.

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