Dr. Antonio ALANÍS HUERTA
1. Preámbulo sobre el logos occidental.
Las líneas que siguen son inspiradas de la lectura de la tesis del maestro Francisco Guzmán Marín, con la que pretende obtener el grado de doctorado, en la Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco; él, amablemente, me ha invitado como su sinodal para integrar su jurado. Es un trabajo bastante interesante en el cual analiza el trayecto de la cultura de nuestro tiempo, pero que por extensión nos es útil para comprender la cultura mexicana en su conjunto. En este documento, que sobrepasa las 400 páginas, se presentan diversos análisis de la construcción cultural universal, desde la antigüedad hasta la actualidad; estos análisis los plantea el autor en relación con el logos y su mundanidad; sobre la disertación de la occidentalidad de la cultura y las lecciones sobre las aportaciones de los griegos al resto de la humanidad sobre la filosofía, la estética y la retórica.
De igual manera, en este breve ensayo que hoy les comparto, se consignan las aportaciones de la lectura de la tesis en torno a los impactos de la cultura logocéntrica en el contexto latinoamericano; particularmente en lo que concierne a la cultura política, desde la óptica de un pedagogo y analista político como pretendo serlo. Por lo tanto, las principales observaciones relativas a la tesis se orientan a que los lectores develen las implicaciones e impactos del logos occidental en el sistema educativo de México; analizando, explicando y mostrando la lógica de las evidencias en la cultura gremial de la educación nacional pública en contracorriente con el logos educativo institucional que pretende ser dominante.
Por lo que se refiere a la preeminencia del logos occidental, científico, histórico y narrativo en la política nacional es importante analizar las evidencias que explican los rasgos de la cultura política en materia de organización partidaria, organización de elecciones y ejercicio del poder político en la administración. Siendo estas dos vertientes las que prioritariamente habría que considerar en el ámbito de las explicaciones, justificaciones y cuestionamientos de la cultura logocéntrica en nuestro contexto conocido y cotidiano.
2. Sobre el logos verdadero.
El desarrollo temático sobre el logos y su mundanidad está suficientemente tratado en el texto; así, se pasa de la referencia clásica hasta la contemporánea, dando cuenta de las transformaciones del logos de occidente en el proceso de introducción, de imposición velada, pero silenciosa, de la cultura occidental en el contexto de las culturas descubiertas. Registrándose procesos de resistencia y disidencia cultural frente al logos occidentalizante, sin embargo, sus piezas se acomodan en los nuevos territorios conquistados.
Seguramente, en reiteradas ocasiones, nos hemos preguntado por nuestros orígenes, como género humano, así como por la génesis e inmensidad del universo. Tan sólo una postura existencialista básica justifica estas interrogantes; más les sustentan las incertidumbres mundanas de los seres humanos frente a la complejidad del entorno inmediato. Queremos saber quiénes somos; qué hacemos en este reducido espacio donde nos movemos; o si tenemos una misión predeterminada en el mundo. E incluso nos preguntamos, cómo lo aprendimos y por qué pensamos como pensamos; o bien por qué cuestionamos nuestro propio pensamiento y hacia dónde lo dirigimos. ¿Acaso todo ello tiene una sola explicación? O mejor aún, ¿existe una explicación verdadera para cada pregunta?
De entrada, cuando escribimos intentamos comunicar un conjunto de ideas que hacen suponer que son producto de un pensamiento ordenado, coherente y consolidado. No obstante es probable que lo que constemos por escrito no corresponda, de manera fiel, con lo que pensamos comunicar; luego entonces estamos faltando a la correspondencia simbólica y sígnica de nuestro pensamiento. En el fondo de esta expresión del pensamiento está la palabra como símbolo de la inteligencia humana, esperando ser vehiculada por el lenguaje y la intención de un lance comunicativo. Empero, en la construcción intencionada del mensaje subyace un conjunto de reglas que legitiman o no la estructura del pretendido decir, más allá de ello subsiste, esperando con las normas descodificadoras enarboladas, el sujeto receptor que escuchará la palabra y se esforzará por comprenderla, poniendo en práctica su capacidad interpretativa.
El logos verdadero de argumentar, sostener y justificar científicamente en las culturas de las sociedades modernas se enfrenta a las razones de fe y tradición que le permiten al sujeto local, al nativo, explicar y explicarse su relación con el entorno; pero paulatinamente, de forma silenciosa y simultanea, se constituye otro logos mutante y mutado, camaleónico, que de a poco va cubriendo las disidencias y las resistencias a su alcance. El logos se transforma y se adapta pero no desaparece. El logos entra en juego y la nomotética del habla y del lenguaje evalúa su claridad y pertinencia. Así, el sujeto lanza su intelección racional con la febril urgencia de comprenderlo todo; de saberlo todo; sin que quede algo libre de interpretación y comprensión. De hecho esto justifica el paso por la escuela, a donde vamos por el logos verdadero, ese que nos empuja a franquear el umbral que da acceso a la luz que emana del conocimiento; vamos por los códigos de la élite, a la que aspiramos asociarnos para poder pertenecer y ser aceptados. No basta hablar como todo el mundo; es necesario aprender a hablar correctamente, pues el recto hablar nos asegura que podamos entrar al círculo del deseo; del saber y del conocimiento; al mundo del buen decir y bien portar(se). Pero ese primer acceso, sólo es una escala; habremos de buscar y aprehender el logos de lo escrito y sus códigos nomotéticos, con los cuales dejaremos bloqueados, atrás, los signos de la barbarie, el lastre de la ignorancia para aspirar a entrar a la élite de la intelección racional.
Así, la otredad queda sometida a los grilletes de la obscuridad, a la ausencia de códigos, ante la posibilidad denegada del logos verdadero. A menos que el “otro” acepte trocar una buena parte de su identidad cultural primigenia por el bagaje cultural del nuevo logos, que conlleva nuevos símbolos y otros signos. Así, el sujeto que aspira verdaderamente al nuevo escaño, habrá de sufrir su malestar transformador del cambio de piel, doloroso, que marcará su cuerpo con el nuevo color y el nuevo olor del nuevo ser. De manera tal que si el sujeto mutante acepta transitar hacia los dominios del logos inspirador, ha de sufrir la ruptura de lo que ha sido, hasta ahora, su morada protectora. En el ámbito del nuevo logos han sido expulsados los mitos, los pensamientos y las expresiones obscuras y vacilantes.
3. El nuevo logos en el ámbito de lo educativo.
Ahora, el tránsito y la permanencia en los escenarios y los senderos del nuevo logos están condicionados a la práctica permanente de las reglas, los horarios y los límites territoriales, (simbólicos y sígnicos) del espacio donde ahora se mueven los sujetos. Fuera de estos límites existen expresiones culturales de resistencia, de disidencia y transgresión; resistencia por permanecer dentro del logos marginal; de disidencia por pretender y aspirar a cruzar el umbral del logos deseado y de transgresión por incursionar de manera clandestina, en el territorio del logos verdadero. Pero también de disidencia y transgresión por intentar entrar en el terreno del deseo; y transgresión por pretender rescatar a los que ya se desplazan con satisfacción y agrado en el campo del nuevo logos. Aunque la pretensión moral de los transgresores, liberadores de los supuestos atrapados, no logre convencerlos para que retornen a su campo porque no se sienten fuera de él ni marginados en el nuevo logos, pues han logrado el acceso de forma legal, voluntaria y esforzada.
Las evidencias de los procesos culturales en las sociedades modernas subsisten gracias a las explicaciones justificadoras de la presencia del logos. Esto mismo lo encontramos de manera recurrente en el ámbito de lo educativo y de la política nacional; las resistencias y las disidencias han llegado a permanecer tanto tiempo ahí que hoy es difícil encontrar argumentos plausibles que sustenten de manera comprensible las bases de sus desacuerdos; es decir, se han perdido en el tiempo y en lo difuso de sus planteamientos preguntas fundamentales como: ¿Contra qué se está en desacuerdo? ¿Con qué se fundan los argumentos? Porque lo más comúnmente encontrado es contra quién se esgrimen las quejas planteadas. Dicho en otros términos, con mayor frecuencia encontramos el quién (reclama) y contra quién se dirigen los reclamos, pero hemos perdido en la penumbra de la incertidumbre la razón del qué. Y es sobre el qué, hacia donde es necesario lanzar las interrogaciones. Así, en el ámbito de lo educativo encontramos estas resistencias y disidencias que a menudo se traslapan en las aulas; se desbordan hacia las calles y se pierden en la mundanidad de las expresiones ideológicas y filiaciones políticas.
Pero estando situados nuevamente en la escuela, la pregunta básica interpela a la política educativa frente a la actuación didáctica y pedagógica; es decir, el logos institucional, nomotético, se diluye en las deformaciones del discurso pedagógico. Entonces, ¿hacia dónde hay que dirigir el trabajo pedagógico para enderezar el logos institucional para que no se destruya una identidad cultural pretendida y se imponga, se construya, otra identidad no deseada? O bien, ¿se pretende acaso que el caos sea la característica distintiva del logos educativo? De entrada no; se pretendería en todo caso, en la perspectiva de una propuesta lógica, convincente y subyugante en un tipo de lances teóricos y conceptuales que retenga al aspirante a ingresar al logos deseado y permanezca en él.
4. El nuevo logos en el ámbito de la política.
Es importante subrayar, categóricamente, que el logos occidental no corresponde a un punto cardinal y geográfico del plano cartesiano; occidente es un concepto cultural dominantemente ideológico que aglutina a modelos de organización para seguir (o a imponer) respecto de la visión aceptada de hacer ciencia; de estructura y organización política; de diseño económico; de axiología y estética; de maneras de enseñar el arte y la cultura; de enfoques conceptuales y métodos para enseñar y formar a los profesionales. De hecho se trata de las formas admitidas, consensuadas y convenidas para la actuación social, política, científica, tecnológica, ética, estética, filosófica y cultural, entre otras.
Frente a estas formas logocéntricas se estructuran y se desarrollan también formas de resistencia, de disidencia y transgresión; pero en algún momento histórico coincidirán en el nivel de sumatoria (del equilibrio momentáneo) con las formas antagónicas; ya sea contradiciéndose o bien complementándose bajo la nomotética de la dialéctica que privilegia los diálogos, los consensos y los acuerdos; siendo estos temporales, frecuentemente frágiles y coyunturales.
Ahora bien, en el campo de la política encontramos presente un conjunto de argumentos que se exponen “a los otros” como lances de convicción para que los sujetos receptores los acepten y sean incorporados al marco futuro de sus explicaciones e interpretaciones. Esta es la propuesta que se pone a prueba frente al ciudadano en vías de elección; corriendo el riesgo de que la propuesta original se pierda, quedándose la relación entre los interlocutores, sin propuesta alguna; instalándose el caos; surgiendo, probablemente, la posibilidad de una propuesta subversiva, en contracorriente a la instalación de logos propuesto.
5. Hacia la construcción de un logos alternativo.
A pesar de la eventualidad persistente de la pérdida de las explicaciones y las propuestas, en relación a los contenidos de nuestras ideas, en un esfuerzo intelectual sobre el origen, constitución y permanencia de logos y sus trans-formaciones y mutaciones adecuadas, no podemos desligarnos del entorno donde la palabra verdadera se desarrolla. Dicho en otros términos, si nuestro logos transmutante (que transita y que cambia) no se aplica en contextos que le son cercanos a los sujetos portadores de esa palabra y a los portadores interesados en recibirla, se corre el riesgo inminente de esfumarse, de diluirse en los lances tangenciales de los otros.
Mejor todavía, si los portadores del logos mundanizado no lo dirigen al mundo real (el de lo cotidiano), al de los problemas y las explicaciones, dicho logos será inocuo permanentemente y no será capaz de sensibilizar a nadie; es decir, no logrará con-mover la conciencia de los otros (los de enfrente) a quienes nos referimos cuando escribimos, cuando decimos y cuando actuamos; pues será igualmente inocuo e innecesario escribir sólo para la satisfacción egocéntrica; ignorando al de enfrente que está ahí cuando redactamos nuestras ideas; pues seguirá ahí, incluso a pesar de nosotros mismos. Así que, ignorar deliberadamente o por soberbia intelectual que escribimos para los otros, equivaldría a contradecir y a anular el propósito del código escrito: se escribe para comunicarnos con los otros.
Por lo que respecta a la intención política de sostener un logos educativo institucional en nuestro entorno, principalmente en la educación básica, es interesante identificar los ámbitos en que encuentra mayor resistencia a su implementación, pero además resulta útil para las explicaciones y la comprensión de las culturas emergentes que se enderezan como contrapropuesta a los modelos de dominación; las que, en principio, constituyen las oposiciones al mencionado logos educativo del hacedor de la política institucional pero no necesariamente se interponen con argumentos sólidos, como lances legales para el debate político o pedagógico.
Entonces, cabe la pregunta, ¿En dónde está la posibilidad efectiva de la contrapropuesta si, de entrada, está desprovista de la base argumentativa? O bien, ¿Es posible demostrar que los argumentos esgrimidos explican las causas y los efectos de un logos educativo institucional negativo frente a otro que se presume como un logos alternativo?
Posiblemente, si se diera el debate pedagógico y científico sobre las virtudes y los defectos del logos educativo institucional, se podría construir la base de un logos alternativo; pero en la realidad conflictiva y caótica que hoy caracteriza a la educación básica, esto resulta decididamente utópico. En el caso de la educación superior, principalmente la que se ofrece en las universidades e institutos de tipo tecnológico y de investigación, la consolidación de un logos verdadero posiblemente se fortalezca, paradójicamente, a partir de la libertad de cátedra; pero conservando como pilares fundamentales los acuerdos básicos comunes sobre los principios de identidad institucional de carrera o de planificación de los cursos y los seminarios. Aunque, aún así, no se puede soslayar la gran influencia que ejercen los grupos culturales, científicos y políticos al interior de los programas institucionales, pues al final de cuentas, el liderazgo natural o impuesto en su seno, en el campo académico e ideológico, se establece como marco de referencia en la toma de decisiones importantes.
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