lunes, 26 de noviembre de 2012

GOBERNABILIDAD Y VOCES CIUDADANAS. Del disenso al dialogo y del consenso al acuerdo Dr. Antonio ALANÍS HUERTA 1. Preámbulo temático. Una gobernabilidad incierta En la actualidad el principal reto de las democracias es mantener la gobernabilidad frente a una sociedad participativa y un Congreso sin mayorías absolutas. Ante lo cual, los gobiernos democráticos enfrentan siempre la disyuntiva entre atender las exigencias de la ciudadana y sus problemas y la búsqueda de consensos con las cámaras de diputados y de senadores para hacer pasar las iniciativas de ley que requiere dicho gobierno para su funcionamiento legal y legítimo. De acuerdo con Norberto Bobbio puede afirmarse que la legitimidad se deriva de la legalidad. Dicho en otros términos, primero se legaliza un proceso y luego se legítima; primero se gana una elección y luego se le demuestra al ciudadano que no se equivocó en la elección, ejerciendo un buen gobierno con equidad y justicia social. A partir de aquí se requiere pensar y construir la gobernabilidad. Un gobierno surgido de un proceso electoral apegado estrictamente a la Ley de la materia, sin impugnaciones políticas ni sociales fundamentadas, sería por estos hechos un gobierno legal; porque su elección se ajustó a las reglas de la competencia electoral. Posiblemente este gobierno no tendría necesidad de legitimarse socialmente porque surgió de un proceso limpio jurídica y políticamente. No obstante, en la práctica la legitimidad, además del sustento jurídico, requiere del reconocimiento de la sociedad; un reconocimiento que se obtiene por los actos de gobierno que le dan al ciudadano señales de una buena y efectiva actuación política. Estos actos de gobierno han de situarse en los límites del pacto social; el cual ha de contar con el consentimiento de la mayoría de la sociedad que se gobierna. Ahora bien, desde la perspectiva del análisis político, la gobernabilidad de una organización, de un país, de un estado o de un municipio no depende únicamente de la voluntad unidireccional de quien quiere gobernar; como tampoco depende únicamente de los factores internos y externos del sistema u organización que se pretende gobernar. La gobernabilidad, más bien, se sitúa en el campo de la posibilidad y la incertidumbre pero frecuentemente se verá afectada positiva o negativamente por factores contextuales; por ejemplo, las expresiones de inseguridad, el descontento y descontrol de las organizaciones sociales, las reyertas entre los partidos políticos, las disonancias planteadas por los líderes de opinión, las relaciones con las iglesias, y la exigencia de certeza y seguridad del sistema productivo. Ante estas condiciones contextuales, no basta con que el gobierno electo surja de un proceso legal y legítimo para asegurar que puede gobernar un sistema convulso o potencialmente caótico. Esta es una de tantas interrogantes y retos que se les plantea a los nuevos gobiernos surgidos de una elección democrática. Cabe decir que en las democracias, la gobernabilidad se construye día a día a través de los actos de gobierno, matizados por la opinión pública, pero si los procesos de reordenamiento de esa relación necesitan pasar por procesos de reconstrucción es probable que requieran de decisiones poco populares. Por lo que esta relación entre el gobierno y opinión pública es difícil de conciliar en el corto plazo, a pesar de los esfuerzos que se pongan en práctica. En cuya perspectiva lo más probable es que se caiga en el conflicto; y una sociedad permanentemente conflictuada corren el riesgo de enfrentarse; y es altamente probable que la que pierda más sea la sociedad; pero ésta, finalmente, puede darse otro gobierno; pero el gobierno surgido de la democracia, o de una elección democrática corre el riesgo de perder lo ganado; pues no habrá sabido invertir adecuadamente su capital político. 2. Participación ciudadana y oferta política. Discurso y evidencia No podemos negar que en pocos años hemos evolucionado a pasos agigantados como sociedad, tanto en el plano cultural y político; pero también es cierto que existe un palpable consenso en el sentido de que esta evolución ha sido producto de la organización de la sociedad disidente; o de esa parte de la sociedad que no está satisfecha del todo con el tipo de país que tenemos ni con los partidos políticos que existen; pareciera ser que hay expresiones sociales que no encuentran cabida ni en los partidos políticos ni en las organizaciones políticas existentes. Sin embargo, hay que apuntar que las experiencias recientes indican que los partidos no han actualizado sus discursos ni sus estrategias para conversar en la misma sintonía con la sociedad. Lo que da como resultado que los intentos de incorporación de esas voces y organizaciones, se quede en la fase de la motivación, pero que lamentablemente sólo logran trasladarse al umbral de la incertidumbre y el caos. Así, ante el desencanto y la apatía es muy probable que los otrora ciudadanos activos y demandantes, hoy una gran parte de ellos opte por abstenerse de participar en los procesos electorales pues, desde su apreciación, lo que hay actualmente no convence ni presenta indicios de cambiar para incorporar verdaderamente las voces ciudadanas. Sin embargo, por el hecho de abstenerse en la elección de los gobernantes, un ciudadano no pierde el derecho de reclamo ni de representatividad; ni tampoco por ello renuncia a los beneficios de un buen gobierno; pero es probable que el ciudadano que se abstiene de votar sea el que más reclame beneficios sociales y el que menos los reconozca cuando los obtiene; pero los gobiernos legales tienen la obligación de gobernar para todos; y tienen el derecho de buscar la legitimidad social por los medios legales a su alcance; pues la legalidad, separada de la legitimidad no es suficiente para construir confianza y gobernabilidad. Y esta gobernabilidad es el producto de acciones de gobierno, de negociaciones, de diálogos y consensos. 3. La Gobernabilidad democrática. Legalidad y legitimidad Pero, ¿qué es la gobernabilidad? Desde la perspectiva del análisis político, la gobernabilidad de una organización, de un país, de un estado o de un municipio no depende de la voluntad unidireccional de quien quiere gobernar; como tampoco depende únicamente de los factores internos y externos del sistema u organización que se pretende gobernar. La gobernabilidad, más bien, se sitúa en el campo de la posibilidad pero frecuentemente se verá afectada positiva o negativamente por factores contextuales; por ejemplo, las organizaciones sociales, los partidos políticos, los líderes de opinión, las iglesias, y el sistema productivo. Pero precisemos los conceptos de legalidad y legitimidad. Un gobierno surgido de un proceso electoral apegado estrictamente a la Ley de la materia, sin impugnaciones políticas ni sociales fundamentadas, sería por estos hechos un gobierno legal; porque su elección se ajustó a las reglas de la competencia electoral. Posiblemente este gobierno no tendría necesidad de legitimarse socialmente porque surgió de un proceso limpio jurídica y políticamente. No obstante, en la práctica la legitimidad, además del sustento jurídico, requiere del reconocimiento de la sociedad; un reconocimiento que se obtiene por los actos de gobierno que le dan al ciudadano señales de una buena y efectiva actuación política. Estos actos de gobierno han de situarse en los límites del pacto social; el cual ha de contar con el consentimiento de la mayoría de la sociedad que se gobierna. De acuerdo con Norberto Bobbio puede afirmarse entonces, que la legitimidad se deriva de la legalidad. Dicho en otros términos, primero se legaliza un proceso y luego se legítima; primero se gana una elección y luego se le demuestra al ciudadano que no se equivocó en la elección, ejerciendo un buen gobierno con equidad y justicia social. 4. La elección de los gobernantes. El voto ciudadano razonado La elección de los gobernantes es una decisión de gran trascendencia en la vida política, económica y sociocultural de las naciones; es una decisión que implica el otorgamiento de la confianza de los ciudadanos para que los elegidos conduzcan a la sociedad por el camino del bien común. Elegir al gobernante es una de las mayores responsabilidades que los ciudadanos tenemos frente a nuestro presente y frente al futuro de las nuevas generaciones; una mala decisión afectará el desarrollo armónico de la sociedad; y un mal liderazgo generará brechas de desconfianza, de incertidumbre y de indiferencia entre los elegidos y los electores. Al ciudadano común se le dice en periodo electoral que su voto es valioso; que con su voto puede contribuir a generar los cambios que la sociedad requiere; pero ese ciudadano no está tan seguro de que esto sea cierto. Principalmente porque la historia de la democracia mexicana le indica que sólo lo toman en cuenta cuando existe un proceso electoral; entonces, o razona su voto o francamente se abstiene de ejercer su derecho porque no confía en la utilidad que tienen las elecciones en su vida cotidiana. Así pues, un voto razonado no es jamás un voto predeterminado; no es un voto del montón; no es un voto duro de partido; es un voto ciudadanizado; el de un ciudadano que sabe del valor de su voto; y probablemente es un voto influenciado por la campaña política; por la encuesta de opinión y por el discurso del personaje político; y seguramente coincidirá con los votos de una candidato ganador; o probablemente no. Pero, ¿a quién beneficia el voto razonado, diferenciado, al candidato como sujeto o al partido político que lo postula? Es evidente que cuando el candidato resulta ganador, su imagen personal resulta más fortalecida que la de la organización política. Y el efecto contrario también se da; cuando los candidatos carecen de imagen pública aceptable y pierden; entonces, es lógico que las organizaciones políticas traten de deslindarse del fracaso. Pero, ¿en cuántas ocasiones los candidatos son muy buenos y las organizaciones políticas cometen errores estratégicos tales que les conducen a la derrota? Pero, ¿sabe el ciudadano común cómo se postulan los candidatos que le pedirán su voto el día de la jornada electoral? Probablemente la mayoría de los electores lo ignora. 5. Gobernabilidad y democracia. La difícil función de gobernar El don del habla y la capacidad de diálogo son propios del género humano; pero, con frecuencia, pareciera que hemos olvidado los conceptos de Melchor Ocampo sobre la relación humana y el valor de la palabra. Y en política la palabra como medio de comunicación -y “la palabra dada”- tienen significados altamente importantes; donde escuchar y dialogar son los verbos básicos de cualquier interlocución. Así, dialogar es el verbo inherente al hommo sapiens; consensuar es el verbo derivado del diálogo, y es propio del hommo politicus; pero consensuar no significa aprobar sino consentir o aceptar sólo una parte de la propuesta, tan sólo es un consentimiento; y acordar es el verbo que identifica al hommo civicus, también hommo videns y hommo loquax , habitante de la polis caopolita, envuelta permanentemente en el caos y el conflicto. En este sentido, el acuerdo, en medio del conflicto, corona el éxito de la razón sustentada en el diálogo, en el consenso y en la confianza condicionada del compromiso suscrito entre las partes dialogantes. Por lo tanto, el fin último de toda expresión de gobernabilidad es el acuerdo; y sólo después del acuerdo de gobernabilidad de las partes del sistema se desprende la estrategia de operación; de operación política, de la decisión política. Con respecto a la gobernabilidad de los sistemas, ésta se dificulta sin el criterio de la inclusión; el cual se traduce por la capacidad de escucha, frente a frente por supuesto, de las ideas y las propuestas del otro; y aquí, en el ámbito de la política, más que en ningún otro contexto, el concepto de la otredad cobra una gran relevancia. Pues la visión del otro puede no gustarnos, pero está y seguirá estando ahí; es parte de la democracia real; pero la política racionalista no siempre puede resolver los problemas sociales; se requiere de una política humanista, contextual y social. Me queda claro que la gobernabilidad democrática es imperfecta; y de hecho, la gobernabilidad perfecta sólo se da en los gobiernos autoritarios. Esto quiere decir que en las democracias como la nuestra, los gobiernos de los estados soberanos tienen que lidiar con una gran diversidad de variables que dificultan el establecimiento de los consensos, de los acuerdos y los pactos de gobernabilidad necesarios para gobernar en dinamismo y no caer en la esclerosis de la parálisis operativa que atrofia hasta los resortes más insignificantes de la operación política. Aquí lo importante es no caer en lo simplista, en el inmediatismo, en la superficialidad, en la falaz pose intelectual y en la pereza política. En este sentido, entonces, pretender establecer un estándar de gobernabilidad más o menos estable en un sistema o en una institución, requiere de la sinergia de diversos factores. Entre los cuales destacan las propuestas de gobierno y las expectativas sociales; la capacidad de diálogo y la habilidad de comunicación; la transparencia en las decisiones y la rendición de cuentas; la capacidad de escucha y la viabilidad de la propuesta. Lo malo de todo ello es que los signos de superficialidad y de pereza intelectual y política se encuentran asociados a un problema más complejo: el de la cultura del poco esfuerzo, la del engaño, de la corrupción y la irresponsabilidad; y debemos admitir que ahí donde no exigimos que se cumplan los compromisos y obligaciones que se asumen al inicio de un curso en la escuela, o donde no respetamos los espacios los espacios de estacionamientos públicos e incluso cuando irresponsablemente tiramos la basura en la calle, ahí estamos contribuyendo a esa cultura nefasta del mínimo esfuerzo, la del caos y de la simulación; ahí donde la administración pública otorga beneficios, prebendas, privilegios y dinero a quienes se le plantan en la calle o le golpean las puertas, sin que se justifiquen por el trabajo o el derecho constitucional, ahí estamos dando paso a la extorsión política y tergiversando el sentido de una sociedad esforzada, responsable y trabajadora; pues una sociedad que no se gana el pan cotidiano con su propio esfuerzo, en el marco del respeto por el otro, corre el riesgo de convertirse rápidamente en un parásito de sí misma; terminando por autodestruirse en el corto plazo. BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA BOBBIO Norberto y BOVERO Michelangelo. Origen y fundamentos del poder político. Enlace-Grijalbo, México, abril de 1996, 135 p.p. LUJAN PONCE, Noemí. La construcción de confianza política. Ediciones del IFE, serie ensayos, No. 6, México, agosto de 1999, 156 p.p. SARTORI Giovanni. Homo videns. La sociedad de la Inteligencia. Edit. Taurus. México, 2002, 205, p.p. SARTORI Giovanni. ¿Qué es la democracia? Edit. Nueva Imagen. México, segunda edición 1997, 342 p.p.

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