EN LAS AULAS DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO EN EDUCACIÓN. Lo que hemos enseñado y lo que hemos aprendido.
Dr. Antonio ALANÍS HUERTA
1. Advertencia.
En esta ocasión quiero compartir con los lectores, mi experiencia como profesor de estudios de posgrado, particularmente lo que se refiere a lo que he aprendido y enseñado en esa relación educativa que se establece con los grupos de trabajo de generaciones de profesores e investigadores con quienes he tenido la oportunidad de trabajar en las escuelas, los institutos y las universidades donde he sido profesor de maestría y de doctorado. Gracias a ello he podido escribir sobre la docencia, las escuelas, los niños, los jóvenes, las metodologías, las estrategias de enseñanza y aprendizaje, los profesores y los sindicatos, entre otros muchos temas. De igual forma esta oportunidad de convivir e interactuar con maestros, alumnos y textos me ha llevado por senderos donde las ciencias de la educación y la pedagogía han compartido planteamientos complementarios y a veces controversiales con disciplinas afines como la filosofía, la sociología, la ciencia y la cultura. Con lo cual ha sido posible transitar, por extensión, en el campo de la política como disciplina de estudio y en asuntos de la democracia, las elecciones, la gobernabilidad y los partidos políticos.
De esta manera, ahora presentaré algunas reflexiones, pero sobre todo experiencias, relativas a lo que he aprendido como profesor y estudioso de lo educativo, tomando como plataforma de referencia el aula del posgrado, que ha sido mi ámbito natural de trabajo en los últimos veinticinco años; habiendo desarrollado funciones de creador de programas e instituciones de posgrado en educación en México desde 1985; contando con la confianza de rectores y directores de universidades y funcionarios de gobierno que se preocuparon por innovar e impulsar opciones nuevas de formación profesional para los docentes e investigadores de las instituciones a su cargo. A todos ellos mi agradecimiento sincero.
2. Lo nuestro es lo que nos pertenece.
Por las aulas del posgrado hemos visto transitar a jóvenes educadores, hombres y mujeres entusiastas y optimistas; con ocupación de docentes de educación preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad; todos comprometidos con su labor profesional dedicada a la enseñanza de las nuevas generaciones. Todos han hecho el esfuerzo de transitar por nuestras aulas y permanecer ante la exigencia académica y el cansancio físico; ante el desánimo y los desvelos.
Cabe subrayar que el trayecto por los estudios de posgrado es acompañado por el grupo y los maestros; pero la responsabilidad y el producto académico es individual; teniendo claro que nadie puede aprender por el otro; así como la experiencia y el conocimiento no se enseñan ni se aprenden, el esfuerzo se vive y se confronta por el sujeto mismo. De esta manera, cada quien tiene lo que es capaz de ganarse y de construirse; habremos tenido y logrado aquello por lo que nos esforzamos y cincelamos paso a paso; así, lo que copiamos, lo que cortamos y pegamos no es nuestro, pues no nos pertenece; es del otro que se ha esforzado por construir algo propio, es suyo. No nos engañemos, en los estudios de posgrado nadie le regala nada a nadie; lo que hemos hecho con nuestro esfuerzo, es nuestro, nos pertenece; y si construimos sueños, son nuestros sueños; si construimos mucho o poco, sólo eso es nuestro. Si perdimos la oportunidad de aprender, la culpa es nuestra; pero si logramos iluminar un poco nuestros obscuros senderos con la luz de la verdad, de la ciencia y la conciencia, el mérito es nuestro; si logramos fortalecer o construir nuevos afectos, el abrazo o el beso en la mejilla son nuestros; y si logramos mantener viva la capacidad de maravillarnos ante la presencia de una carita infantil o ante el gozo de una frase, de un texto o de un pensamiento o de un epígrafe con nos subyuga, existe la posibilidad de seguir siendo; de seguir aprendiendo; en suma, de seguir viviendo.
3. En el interior de nuestras aulas.
En nuestras aulas innovamos, reflexionamos y compartimos las ideas y las experiencias para la construcción conjunta del conocimiento pero por sobre todo ello, hemos logrado darle forma a nuestro propio conocimiento. Pero cuando hemos visitado en sus aulas a nuestros estudiantes del posgrado, donde ellos los maestros, hemos constatado su dedicación y profesionalismo; su vocación y entrega. Allí, en sus aulas, hemos visto docentes de verdad; esos que acuden a diario a enseñar y a aprender con sus alumnos. Hemos visto a maestras y maestros comprometidos con su profesión; responsables de contribuir en la educación de los alumnos que les ha confiado el Estado mexicano, pero principalmente los padres y madres de familia.
En el desarrollo de sus clases hemos podido apreciar sus problemas y enfrentar con seriedad las dificultades de su práctica docente. Pero principalmente hemos podido constatar cómo resuelven sus retos didácticos, de contenidos o de vinculación con lo padres de familia. Hemos sido testigos también de su trabajo con los niños y de sus aportaciones en el desarrollo de la comunidad; y como prueba perenne de ello quedó el aula nueva, la plaza cívica, el desayunador escolar, el piso nuevo, los sanitarios y los patios rehabilitados e incluso, el camino de acceso a la escuela.
A nuestros alumnos del posgrado les hemos visto crecer como personas, madurar como profesionales; hacerse madres de familia a algunas maestras, responsables y estudiosas. Y todo ello forma parte del posgrado en educación; es un proceso integral que corre al lado del curriculum formal; es el curriculum oculto, el no previsto ni vehiculado en las aulas de manera maniquea ni maquiavélica.
Sin embargo, en las aulas de los estudios de posgrado no todo es trabajo, ni angustia, ni presión abrumadora, también es una experiencia de sensibilidad humana, de solidaridad y de afecto; de amor por la vida. También nos hemos divertido con la ocurrencia ingeniosa y pícara del alumno o de la alumna irreverente; le hemos dado pues un espacio necesario a lo lúdico y al esparcimiento sano, pues es bálsamo puro para la salud sociocultural del grupo de posgrado; pero no hemos descuidado la razón fundamental de estar en la maestría o en el doctorado; nos hemos dedicado a estudiar, a analizar los textos y a construir los informes para las presentaciones temáticas en el grupo de trabajo.
4. Hemos aprendido a ser mejores.
En las aulas del posgrado hemos aprendido a ser mejores profesionales de la educación; los alumnos y maestros del posgrado hoy pretendemos ser mejores docentes, pero aspiraremos siempre a ser más humanos y mejores personas. Hemos aprendido en nuestras aulas del posgrado que ser un buen maestro requiere de más que la simple información; que estar informado es importante pero lo es más cuando la información la compartimos para incorporar otros puntos de vista para enriquecer nuestros criterios de verdad y procesos metodológicos. Pero también hemos aprendido que la soberbia del docente no es más que un reflejo de su nivel de inseguridad en el contenido y en el trato; pues la información (contenido) del curso y el trato con las personas tan sólo son eslabones de lo verdaderamente importante; el vínculo educativo. El cual se refuerza o se desvanece con el ejemplo que se demuestra con nuestra actuación profesional y humana en las aulas.
Hemos aprendido que el autoritarismo es el reflejo del nivel del miedo por no aceptarnos tal y como somos; con virtudes y defectos. Habremos de aceptar que no lo sabemos todo pues siempre habrá alguien que sabe más que nosotros; pero la mejor lección de los años del posgrado, o al menos las que hoy puedo compartir con certeza con mis lectores, es la que concierne al hecho de tener claro que no es necesario ir muy lejos para encontrar sabiduría y verdaderas situaciones de aprendizaje y enseñanza, pues ésta se encuentra en nosotros mismos, en el viejo, en el niño y en la propia naturaleza; en nuestro entorno inmediato.
También hemos aprendido en el posgrado que la grandeza de esos grandes personajes, los autores de los textos y de los libros básicos de los cursos y los seminarios, que nos han legado su pensamiento, está en su capacidad de dar, de compartir; está en su humanidad. Pero principalmente reside en la obra transformadora que, sin siquiera imaginarlo ni pretenderlo, han germinado en cada uno de nosotros; así, sus ideas, sus textos y sus pensamientos han sido inspiración para transformar el contexto y el entorno de nuestras instituciones y de nuestras propias vidas como profesionales de la educación.
5. La docencia en el posgrado es una expresión en plural.
La docencia en el posgrado es una expresión plural que se construye con esfuerzos colectivos; a ella se incorpora la experiencia propia y la de los demás, mostrándonos la creatividad inédita de jóvenes estudiantes que nos dan lecciones de compromiso, búsqueda y vocación pedagógica. Es por ello que el enseño se transforma en aprendemos y el puedo en podemos. Por eso afirmo que:
Hemos recorrido juntos el trayecto de los estudios de posgrado en educación deteniéndonos a observar el camino por donde hemos pasado; mirando con detenimiento los lugares donde permanecimos durante el tiempo en que fue desarrollado el plan de estudios. Ahí reconocemos a sus moradores permanentes, los profesores, y a sus pilares que los sostienen con sus ideas y su liderazgo.
Hemos visto juntos el sendero, pero cada uno ha vivido el trayecto; el del contexto multicolor y multivoz. Pero habiendo recorrido juntos el trayecto, hemos reconocido diversos entornos cotidianos y sorprendentes; nuevos y conocidos. Pero, más aún, hemos tirado la luz para iluminar un sólo proyecto; el que pertenece íntimamente a cada sujeto, a cada persona; a cada intelecto.
Aprendimos que ya no encontramos refugio cómodo en lo ya sabido; el lance discursivo y postural usado tantas veces para salirle al paso a lo diferente no puede seguir siendo el mismo. Así, la intervención fácil en las discusiones, subiéndose al tren en marcha, se quedó atrás descarrilada, porque el carril del trayecto que seguimos en el posgrado tiene nuevas vías que requieren nuevos vehículos, otras destrezas y otros lances teóricos y empíricos, diferentes del engaño, la simulación y la indolencia.
Hemos aprendido a desmitificar el trabajo científico pues hemos comprobado en nuestras aulas la fineza de las reflexiones de los niños frente a los enigmas de la ciencia; hemos experimentado con utensilios y procesos que en otros tiempos estaban destinados únicamente para los iniciados.
Así, hemos compartido la docencia, más como medio de comunicación y de experimentación que como mera relación de discipulazgo. Hemos polemizado sobre la enseñanza y sus dilemas; sobre el aprendizaje y sus enigmas; sobre el pensamiento y su complejidad; pero por sobre todo ello, hemos aprendido a ver y a mirar desde perspectivas intelectuales nuevas; hemos descubierto que los objetos, los sujetos y los hechos pueden ser nominados y descubiertos desde distintos ángulos de luz; hoy, un texto, un movimiento y un gesto no dicen solamente lo que es visible; hoy logramos indagar, escudriñar y deducir bajo el relieve de lo aparente. Lo que observamos en la dermis del cuerpo, del cuadro pictórico, en la sucesión de imágenes, es policromático y polisémico, pues hemos desarrollado la agudeza visual.
Ahora oímos muchos ruidos pero al mismo tiempo hemos aprendido a escuchar el entorno; a nuestro propio pensamiento, pues hemos desarrollado nuestra agudeza auditiva. Pero mejor aún, hemos aprendido a disponer nuestra atención desarrollando el pensamiento reflexivo y transformador; propositivo e innovador. Así, al final del camino, hemos hecho el esfuerzo por enderezar y desarrollar nuestra agudeza intelectual; la que nos hace distintos y posiblemente mejores en relación con lo que éramos hace algunos años, cuando iniciamos nuestros estudios de posgrado. Así, hoy somos capaces de escribir textos propios, fundamentados en fuentes serias y fidedignas; apoyados con la experiencia en el contexto áulico y en el entorno de las instituciones.
Hemos aprendido que la docencia del posgrado no deja espacio para la soberbia, para la mediocridad y el autoritarismo medroso; bien por el contrario, la docencia en el posgrado se abre la posibilidad para compartir y aprender con humildad y empatía; hemos aprendido en el posgrado que el saber se vuelve vano y se desvanece si no se comparte. Hemos aprendido que la ciencia y el arte pueden caminar juntos.
En suma, el trayecto de los estudios de posgrado no es lineal; más bien es sinuoso; con subidas escarpadas y bajadas vertiginosas en las que hay que aprender a maniobrar para no caer y no llegar. Lo hemos recorrido juntos, transformándonos a cada paso, aplicando la inteligencia y el talento que poseemos; y en efecto, es un trayecto duro y retador; a veces, complejo y frustrante; así es el posgrado, un nivel reservado para la élite esforzada, trabajadora y disciplinada.
6. Cuando una generación se va.
Como docentes del posgrado comprometidos con nuestra profesión y con nuestro tiempo también nos trazamos metas; proyectamos esfuerzos y dibujamos anhelos; que con frecuencia compartimos con nuestros alumnos, al inicio de los ciclos, de los cursos y de los seminarios. Pero a veces, no podemos cumplirlos y nos sentimos frustrados y decepcionados con nosotros mismos. Lo más común es culpar a los otros, a las instituciones y a cualquiera otra situación porque le tenemos miedo a vernos como somos; vulnerables y poco disciplinados. Vayan algunas disculpas dirigidas a mis alumnos que esperaban más de mí y no lo pude dar; pero aprovecho para agradecer la oportunidad de conocerles y de permitirme aprender con ellos mientras preparaba mis clases y las desarrollaba en el aula.
Extrañaremos las controversias, los alegatos, los dilemas conceptuales y las dificultades del planteamiento teórico; extrañaremos los días de clase, de prisas y tensiones ante la inminente e inconmutable tarea de pasar al frente a presentar un tema selecto; un reporte de investigación o el relato de un suceso o de un día de trabajo en el aula. Nos entristece que se vayan, pero nos alegra que sigan su trayecto hacia metas superiores; pero tengan la certeza de que para su impulso, si lo necesitaran, cuentan con nosotros, sus maestros para respaldar su despegue en el vuelo que los traslade ante nuevos retos, en otros escenarios y en otros contextos. Más no olviden que únicamente podremos volar alto y lejos cuando sepamos hacia dónde nos dirigimos; pero, principalmente, usando nuestras propias alas.
Gracias porque ahí, de manera cotidiana, aprendimos nuevos conceptos y otras maneras de observar, de vivir y de escudriñar la docencia. Gracias a ese contacto continuo en las aulas del posgrado hemos podido escribir sobre lo vivido; hemos podido leer el texto más allá de las letras, de las frases y de sus páginas. Gracias por lo que aprendimos de ustedes; por compartir sus angustias, sus ilusiones y sus anhelos; por brindarnos la confianza de creer en nuestras ideas y en la didáctica y pertinencia del contenido de los cursos y los seminarios que hemos tenido a cargo. Gracias a quienes han sido mis alumnos por haberme permitido interferir con su tiempo y concederme su atención intelectual en su momento.
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