EN LAS AULAS DE LOS ESTUDIOS DE POSGRADO EN EDUCACIÓN. Lo que hemos enseñado y lo que hemos aprendido.
Dr. Antonio ALANÍS HUERTA
1. Advertencia.
En esta ocasión quiero compartir con los lectores, mi experiencia como profesor de estudios de posgrado, particularmente lo que se refiere a lo que he aprendido y enseñado en esa relación educativa que se establece con los grupos de trabajo de generaciones de profesores e investigadores con quienes he tenido la oportunidad de trabajar en las escuelas, los institutos y las universidades donde he sido profesor de maestría y de doctorado. Gracias a ello he podido escribir sobre la docencia, las escuelas, los niños, los jóvenes, las metodologías, las estrategias de enseñanza y aprendizaje, los profesores y los sindicatos, entre otros muchos temas. De igual forma esta oportunidad de convivir e interactuar con maestros, alumnos y textos me ha llevado por senderos donde las ciencias de la educación y la pedagogía han compartido planteamientos complementarios y a veces controversiales con disciplinas afines como la filosofía, la sociología, la ciencia y la cultura. Con lo cual ha sido posible transitar, por extensión, en el campo de la política como disciplina de estudio y en asuntos de la democracia, las elecciones, la gobernabilidad y los partidos políticos.
De esta manera, ahora presentaré algunas reflexiones, pero sobre todo experiencias, relativas a lo que he aprendido como profesor y estudioso de lo educativo, tomando como plataforma de referencia el aula del posgrado, que ha sido mi ámbito natural de trabajo en los últimos veinticinco años; habiendo desarrollado funciones de creador de programas e instituciones de posgrado en educación en México desde 1985; contando con la confianza de rectores y directores de universidades y funcionarios de gobierno que se preocuparon por innovar e impulsar opciones nuevas de formación profesional para los docentes e investigadores de las instituciones a su cargo. A todos ellos mi agradecimiento sincero.
2. Lo nuestro es lo que nos pertenece.
Por las aulas del posgrado hemos visto transitar a jóvenes educadores, hombres y mujeres entusiastas y optimistas; con ocupación de docentes de educación preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad; todos comprometidos con su labor profesional dedicada a la enseñanza de las nuevas generaciones. Todos han hecho el esfuerzo de transitar por nuestras aulas y permanecer ante la exigencia académica y el cansancio físico; ante el desánimo y los desvelos.
Cabe subrayar que el trayecto por los estudios de posgrado es acompañado por el grupo y los maestros; pero la responsabilidad y el producto académico es individual; teniendo claro que nadie puede aprender por el otro; así como la experiencia y el conocimiento no se enseñan ni se aprenden, el esfuerzo se vive y se confronta por el sujeto mismo. De esta manera, cada quien tiene lo que es capaz de ganarse y de construirse; habremos tenido y logrado aquello por lo que nos esforzamos y cincelamos paso a paso; así, lo que copiamos, lo que cortamos y pegamos no es nuestro, pues no nos pertenece; es del otro que se ha esforzado por construir algo propio, es suyo. No nos engañemos, en los estudios de posgrado nadie le regala nada a nadie; lo que hemos hecho con nuestro esfuerzo, es nuestro, nos pertenece; y si construimos sueños, son nuestros sueños; si construimos mucho o poco, sólo eso es nuestro. Si perdimos la oportunidad de aprender, la culpa es nuestra; pero si logramos iluminar un poco nuestros obscuros senderos con la luz de la verdad, de la ciencia y la conciencia, el mérito es nuestro; si logramos fortalecer o construir nuevos afectos, el abrazo o el beso en la mejilla son nuestros; y si logramos mantener viva la capacidad de maravillarnos ante la presencia de una carita infantil o ante el gozo de una frase, de un texto o de un pensamiento o de un epígrafe con nos subyuga, existe la posibilidad de seguir siendo; de seguir aprendiendo; en suma, de seguir viviendo.
3. En el interior de nuestras aulas.
En nuestras aulas innovamos, reflexionamos y compartimos las ideas y las experiencias para la construcción conjunta del conocimiento pero por sobre todo ello, hemos logrado darle forma a nuestro propio conocimiento. Pero cuando hemos visitado en sus aulas a nuestros estudiantes del posgrado, donde ellos los maestros, hemos constatado su dedicación y profesionalismo; su vocación y entrega. Allí, en sus aulas, hemos visto docentes de verdad; esos que acuden a diario a enseñar y a aprender con sus alumnos. Hemos visto a maestras y maestros comprometidos con su profesión; responsables de contribuir en la educación de los alumnos que les ha confiado el Estado mexicano, pero principalmente los padres y madres de familia.
En el desarrollo de sus clases hemos podido apreciar sus problemas y enfrentar con seriedad las dificultades de su práctica docente. Pero principalmente hemos podido constatar cómo resuelven sus retos didácticos, de contenidos o de vinculación con lo padres de familia. Hemos sido testigos también de su trabajo con los niños y de sus aportaciones en el desarrollo de la comunidad; y como prueba perenne de ello quedó el aula nueva, la plaza cívica, el desayunador escolar, el piso nuevo, los sanitarios y los patios rehabilitados e incluso, el camino de acceso a la escuela.
A nuestros alumnos del posgrado les hemos visto crecer como personas, madurar como profesionales; hacerse madres de familia a algunas maestras, responsables y estudiosas. Y todo ello forma parte del posgrado en educación; es un proceso integral que corre al lado del curriculum formal; es el curriculum oculto, el no previsto ni vehiculado en las aulas de manera maniquea ni maquiavélica.
Sin embargo, en las aulas de los estudios de posgrado no todo es trabajo, ni angustia, ni presión abrumadora, también es una experiencia de sensibilidad humana, de solidaridad y de afecto; de amor por la vida. También nos hemos divertido con la ocurrencia ingeniosa y pícara del alumno o de la alumna irreverente; le hemos dado pues un espacio necesario a lo lúdico y al esparcimiento sano, pues es bálsamo puro para la salud sociocultural del grupo de posgrado; pero no hemos descuidado la razón fundamental de estar en la maestría o en el doctorado; nos hemos dedicado a estudiar, a analizar los textos y a construir los informes para las presentaciones temáticas en el grupo de trabajo.
4. Hemos aprendido a ser mejores.
En las aulas del posgrado hemos aprendido a ser mejores profesionales de la educación; los alumnos y maestros del posgrado hoy pretendemos ser mejores docentes, pero aspiraremos siempre a ser más humanos y mejores personas. Hemos aprendido en nuestras aulas del posgrado que ser un buen maestro requiere de más que la simple información; que estar informado es importante pero lo es más cuando la información la compartimos para incorporar otros puntos de vista para enriquecer nuestros criterios de verdad y procesos metodológicos. Pero también hemos aprendido que la soberbia del docente no es más que un reflejo de su nivel de inseguridad en el contenido y en el trato; pues la información (contenido) del curso y el trato con las personas tan sólo son eslabones de lo verdaderamente importante; el vínculo educativo. El cual se refuerza o se desvanece con el ejemplo que se demuestra con nuestra actuación profesional y humana en las aulas.
Hemos aprendido que el autoritarismo es el reflejo del nivel del miedo por no aceptarnos tal y como somos; con virtudes y defectos. Habremos de aceptar que no lo sabemos todo pues siempre habrá alguien que sabe más que nosotros; pero la mejor lección de los años del posgrado, o al menos las que hoy puedo compartir con certeza con mis lectores, es la que concierne al hecho de tener claro que no es necesario ir muy lejos para encontrar sabiduría y verdaderas situaciones de aprendizaje y enseñanza, pues ésta se encuentra en nosotros mismos, en el viejo, en el niño y en la propia naturaleza; en nuestro entorno inmediato.
También hemos aprendido en el posgrado que la grandeza de esos grandes personajes, los autores de los textos y de los libros básicos de los cursos y los seminarios, que nos han legado su pensamiento, está en su capacidad de dar, de compartir; está en su humanidad. Pero principalmente reside en la obra transformadora que, sin siquiera imaginarlo ni pretenderlo, han germinado en cada uno de nosotros; así, sus ideas, sus textos y sus pensamientos han sido inspiración para transformar el contexto y el entorno de nuestras instituciones y de nuestras propias vidas como profesionales de la educación.
5. La docencia en el posgrado es una expresión en plural.
La docencia en el posgrado es una expresión plural que se construye con esfuerzos colectivos; a ella se incorpora la experiencia propia y la de los demás, mostrándonos la creatividad inédita de jóvenes estudiantes que nos dan lecciones de compromiso, búsqueda y vocación pedagógica. Es por ello que el enseño se transforma en aprendemos y el puedo en podemos. Por eso afirmo que:
Hemos recorrido juntos el trayecto de los estudios de posgrado en educación deteniéndonos a observar el camino por donde hemos pasado; mirando con detenimiento los lugares donde permanecimos durante el tiempo en que fue desarrollado el plan de estudios. Ahí reconocemos a sus moradores permanentes, los profesores, y a sus pilares que los sostienen con sus ideas y su liderazgo.
Hemos visto juntos el sendero, pero cada uno ha vivido el trayecto; el del contexto multicolor y multivoz. Pero habiendo recorrido juntos el trayecto, hemos reconocido diversos entornos cotidianos y sorprendentes; nuevos y conocidos. Pero, más aún, hemos tirado la luz para iluminar un sólo proyecto; el que pertenece íntimamente a cada sujeto, a cada persona; a cada intelecto.
Aprendimos que ya no encontramos refugio cómodo en lo ya sabido; el lance discursivo y postural usado tantas veces para salirle al paso a lo diferente no puede seguir siendo el mismo. Así, la intervención fácil en las discusiones, subiéndose al tren en marcha, se quedó atrás descarrilada, porque el carril del trayecto que seguimos en el posgrado tiene nuevas vías que requieren nuevos vehículos, otras destrezas y otros lances teóricos y empíricos, diferentes del engaño, la simulación y la indolencia.
Hemos aprendido a desmitificar el trabajo científico pues hemos comprobado en nuestras aulas la fineza de las reflexiones de los niños frente a los enigmas de la ciencia; hemos experimentado con utensilios y procesos que en otros tiempos estaban destinados únicamente para los iniciados.
Así, hemos compartido la docencia, más como medio de comunicación y de experimentación que como mera relación de discipulazgo. Hemos polemizado sobre la enseñanza y sus dilemas; sobre el aprendizaje y sus enigmas; sobre el pensamiento y su complejidad; pero por sobre todo ello, hemos aprendido a ver y a mirar desde perspectivas intelectuales nuevas; hemos descubierto que los objetos, los sujetos y los hechos pueden ser nominados y descubiertos desde distintos ángulos de luz; hoy, un texto, un movimiento y un gesto no dicen solamente lo que es visible; hoy logramos indagar, escudriñar y deducir bajo el relieve de lo aparente. Lo que observamos en la dermis del cuerpo, del cuadro pictórico, en la sucesión de imágenes, es policromático y polisémico, pues hemos desarrollado la agudeza visual.
Ahora oímos muchos ruidos pero al mismo tiempo hemos aprendido a escuchar el entorno; a nuestro propio pensamiento, pues hemos desarrollado nuestra agudeza auditiva. Pero mejor aún, hemos aprendido a disponer nuestra atención desarrollando el pensamiento reflexivo y transformador; propositivo e innovador. Así, al final del camino, hemos hecho el esfuerzo por enderezar y desarrollar nuestra agudeza intelectual; la que nos hace distintos y posiblemente mejores en relación con lo que éramos hace algunos años, cuando iniciamos nuestros estudios de posgrado. Así, hoy somos capaces de escribir textos propios, fundamentados en fuentes serias y fidedignas; apoyados con la experiencia en el contexto áulico y en el entorno de las instituciones.
Hemos aprendido que la docencia del posgrado no deja espacio para la soberbia, para la mediocridad y el autoritarismo medroso; bien por el contrario, la docencia en el posgrado se abre la posibilidad para compartir y aprender con humildad y empatía; hemos aprendido en el posgrado que el saber se vuelve vano y se desvanece si no se comparte. Hemos aprendido que la ciencia y el arte pueden caminar juntos.
En suma, el trayecto de los estudios de posgrado no es lineal; más bien es sinuoso; con subidas escarpadas y bajadas vertiginosas en las que hay que aprender a maniobrar para no caer y no llegar. Lo hemos recorrido juntos, transformándonos a cada paso, aplicando la inteligencia y el talento que poseemos; y en efecto, es un trayecto duro y retador; a veces, complejo y frustrante; así es el posgrado, un nivel reservado para la élite esforzada, trabajadora y disciplinada.
6. Cuando una generación se va.
Como docentes del posgrado comprometidos con nuestra profesión y con nuestro tiempo también nos trazamos metas; proyectamos esfuerzos y dibujamos anhelos; que con frecuencia compartimos con nuestros alumnos, al inicio de los ciclos, de los cursos y de los seminarios. Pero a veces, no podemos cumplirlos y nos sentimos frustrados y decepcionados con nosotros mismos. Lo más común es culpar a los otros, a las instituciones y a cualquiera otra situación porque le tenemos miedo a vernos como somos; vulnerables y poco disciplinados. Vayan algunas disculpas dirigidas a mis alumnos que esperaban más de mí y no lo pude dar; pero aprovecho para agradecer la oportunidad de conocerles y de permitirme aprender con ellos mientras preparaba mis clases y las desarrollaba en el aula.
Extrañaremos las controversias, los alegatos, los dilemas conceptuales y las dificultades del planteamiento teórico; extrañaremos los días de clase, de prisas y tensiones ante la inminente e inconmutable tarea de pasar al frente a presentar un tema selecto; un reporte de investigación o el relato de un suceso o de un día de trabajo en el aula. Nos entristece que se vayan, pero nos alegra que sigan su trayecto hacia metas superiores; pero tengan la certeza de que para su impulso, si lo necesitaran, cuentan con nosotros, sus maestros para respaldar su despegue en el vuelo que los traslade ante nuevos retos, en otros escenarios y en otros contextos. Más no olviden que únicamente podremos volar alto y lejos cuando sepamos hacia dónde nos dirigimos; pero, principalmente, usando nuestras propias alas.
Gracias porque ahí, de manera cotidiana, aprendimos nuevos conceptos y otras maneras de observar, de vivir y de escudriñar la docencia. Gracias a ese contacto continuo en las aulas del posgrado hemos podido escribir sobre lo vivido; hemos podido leer el texto más allá de las letras, de las frases y de sus páginas. Gracias por lo que aprendimos de ustedes; por compartir sus angustias, sus ilusiones y sus anhelos; por brindarnos la confianza de creer en nuestras ideas y en la didáctica y pertinencia del contenido de los cursos y los seminarios que hemos tenido a cargo. Gracias a quienes han sido mis alumnos por haberme permitido interferir con su tiempo y concederme su atención intelectual en su momento.
sábado, 20 de noviembre de 2010
sábado, 29 de mayo de 2010
ARGUMENTOS Y EXPLICACIONES PARA LA COMPRENSIÓN DEL LOGOS EN LAS ORGANIZACIONES. Poder, relaciones y discursos institucionales.
Dr. Antonio ALANÍS HUERTA[1]
“Podrán distorsionar mis actos, destruir y borrar mis textos o minar el espacio donde me muevo, pero jamás podrán someter mi voluntad ni mi pensamiento” (A. Alanís Huerta).
1. Preámbulo.
El logos verdadero, instituido para argumentar, sostener y justificar científicamente el pensamiento, en las culturas de las sociedades modernas, se enfrenta a razones de fe y tradición que le impiden traspasar, en un primer intento, la cultura del sujeto local, del nativo, para explicar y explicarse su relación con el entorno; pero paulatinamente, y de forma silenciosa, se constituye otro logos mutante y mutado, camaleónico, que de a poco va cubriendo las disidencias y las resistencias a su alcance en las instituciones. Se aborda el tema sobre el logos verdadero como vehículo de control del poder en las instituciones pero al mismo tiempo nos es útil para comprender cómo se gestan y se resuelven, a veces de manera radical, los conflictos en las instituciones[2]; es la invitación al lector a realizar un recorrido por las entrañas de los conflictos y las relaciones de poder en las organizaciones; sobre las decisiones que en nombre del logos se toman y sobre los actos de exterminio y exclusión de las ideas que se cometen en las estructuras organizacionales contra quienes tienen la osadía de pensar y de actuar distinto. Lo que probablemente valga para los sindicatos, las burocracias, los clubes de hobbies, los partidos políticos y otras organizaciones menores donde haya un jefe y subordinados; señalando que en todos esos casos se aplica, quizás, el esquema de reyes y súbditos, de tutores y tutelados.
2. Sobre el logos verdadero.
Seguramente, en reiteradas ocasiones, nos hemos preguntado por nuestros orígenes, como género humano, así como por la génesis e inmensidad del universo. Tan sólo una postura existencialista básica justifica estas interrogantes; más les sustentan las incertidumbres mundanas de los seres humanos frente a la complejidad del entorno inmediato. Queremos saber quiénes somos; qué hacemos en este reducido espacio donde nos movemos; o si tenemos una misión predeterminada en el mundo. E incluso nos preguntamos, cómo lo aprendimos y por qué pensamos como pensamos; o bien por qué cuestionamos nuestro propio pensamiento y hacia dónde lo dirigimos. ¿Acaso todo ello tiene una sola explicación? O mejor aún, ¿existe una explicación verdadera para cada pregunta?
De entrada, cuando escribimos intentamos comunicar un conjunto de ideas que hacen suponer que son producto de un pensamiento ordenado, coherente y consolidado. No obstante es probable que lo que constemos por escrito no corresponda, de manera fiel, con lo que pensamos comunicar; luego entonces estamos faltando a la correspondencia simbólica y sígnica de nuestro pensamiento. En el fondo de esta expresión del pensamiento está la palabra como símbolo de la inteligencia humana, esperando ser vehiculada por el lenguaje y la intención de un lance comunicativo. Empero, en la construcción intencionada del mensaje subyace un conjunto de reglas que legitiman o no la estructura del pretendido decir, más allá de ello subsiste, esperando con las normas descodificadoras enarboladas, el sujeto receptor que escuchará la palabra y se esforzará por comprenderla, poniendo en práctica su capacidad interpretativa.
El logos se transforma y se adapta pero no desaparece. El logos entra en juego y la nomotética del habla y del lenguaje evalúa su claridad y pertinencia. Así, el sujeto lanza su intelección racional con la febril urgencia de comprenderlo todo; de saberlo todo; sin que quede algo libre de interpretación y comprensión. De hecho esto justifica el paso por la escuela, a donde vamos por el logos verdadero, ese que nos empuja a franquear el umbral que da acceso a la luz que emana del conocimiento; vamos por los códigos de la élite, a la que aspiramos asociarnos para poder pertenecer y ser aceptados. No basta hablar como todo el mundo; es necesario aprender a hablar correctamente, pues el recto hablar nos asegura que podamos entrar al círculo del deseo; del saber y del conocimiento; al mundo del buen decir y bien portar(se). Pero ese primer acceso, sólo es una escala; habremos de buscar y aprehender el logos de lo escrito y sus códigos nomotéticos, con los cuales dejaremos bloqueados, atrás, los signos de la barbarie, el lastre de la ignorancia para aspirar a entrar a la élite de la intelección racional.
Así, la otredad queda sometida a los grilletes de la obscuridad, a la ausencia de códigos, ante la posibilidad denegada del logos verdadero. A menos que el “otro” acepte trocar una buena parte de su identidad cultural primigenia por el bagaje cultural del nuevo logos, que conlleva nuevos símbolos y otros signos. Así, el sujeto que aspira verdaderamente al nuevo escaño, habrá de sufrir su malestar transformador del cambio de piel, doloroso, que marcará su cuerpo con el nuevo color y el nuevo olor del nuevo ser. De manera tal que si el sujeto mutante acepta transitar hacia los dominios del logos inspirador, ha de sufrir la ruptura de lo que ha sido, hasta ahora, su morada protectora. En el ámbito del nuevo logos han sido expulsados los mitos, los pensamientos y las expresiones obscuras y vacilantes.
3. El nuevo logos en el ámbito de lo social.
Ahora, el tránsito y la permanencia en los escenarios y los senderos del nuevo logos están condicionados a la práctica permanente de las reglas, los horarios y los límites territoriales, (simbólicos y sígnicos) del espacio donde ahora se mueven los sujetos. Fuera de estos límites existen expresiones culturales de resistencia, de disidencia y transgresión; resistencia por permanecer dentro del logos marginal; de disidencia por pretender y aspirar a cruzar el umbral del logos deseado y de transgresión por incursionar de manera clandestina, en el territorio del logos verdadero. Pero también de disidencia y transgresión por intentar entrar en el terreno del deseo; y transgresión por pretender rescatar a los que ya se desplazan con satisfacción y agrado en el campo del nuevo logos. Aunque la pretensión moral de los transgresores, liberadores de los supuestos atrapados, no logre convencerlos para que retornen a su campo porque no se sienten fuera de él ni marginados en el nuevo logos, pues han logrado el acceso de forma legal, voluntaria y esforzada.
Las evidencias de los procesos culturales en las sociedades modernas subsisten gracias a las explicaciones justificadoras de la presencia del logos. Esto mismo lo encontramos de manera recurrente en el ámbito de lo educativo y de la política nacional; las resistencias y las disidencias han llegado a permanecer tanto tiempo ahí que hoy es difícil encontrar argumentos plausibles que sustenten de manera comprensible las bases de sus desacuerdos; es decir, se han perdido en el tiempo y en lo difuso de sus planteamientos preguntas fundamentales como: ¿Contra qué se está en desacuerdo? ¿Con qué se fundan los argumentos? Porque lo más comúnmente encontrado es contra quién se esgrimen las quejas planteadas. Dicho en otros términos, con mayor frecuencia encontramos el quién (reclama) y contra quién se dirigen los reclamos, pero hemos perdido en la penumbra de la incertidumbre la razón del qué. Y es sobre el qué, hacia donde es necesario lanzar las interrogaciones. Así, en el ámbito de lo educativo y de lo político encontramos estas resistencias y disidencias que a menudo se traslapan en las aulas y en las calles; se desbordan hacia las calles y se pierden en la mundanidad de las expresiones ideológicas y filiaciones políticas.
Pero estando situados nuevamente en la escuela, la pregunta básica interpela a la política educativa frente a la actuación didáctica y pedagógica; es decir, el logos institucional, nomotético, se diluye en las deformaciones del discurso pedagógico. Entonces, ¿hacia dónde hay que dirigir el trabajo pedagógico para enderezar el logos institucional para que no se destruya una identidad cultural pretendida y se imponga, se construya, otra identidad no deseada? O bien, ¿se pretende acaso que el caos sea la característica distintiva del logos educativo? De entrada no; se pretendería en todo caso, en la perspectiva de una propuesta lógica, convincente y subyugante en un tipo de lances teóricos y conceptuales que retenga al aspirante a ingresar al logos deseado y permanezca en él.
4. El nuevo logos en el ámbito de la política.
Es importante subrayar, categóricamente, que el logos occidental no corresponde a un punto cardinal y geográfico del plano cartesiano; occidente es un concepto cultural dominantemente ideológico que aglutina a modelos de organización para seguir (o a imponer) respecto de la visión aceptada de hacer ciencia; de estructura y organización política; de diseño económico; de axiología y estética; de maneras de enseñar el arte y la cultura; de enfoques conceptuales y métodos para enseñar y formar a los profesionales. De hecho se trata de las formas admitidas, consensuadas y convenidas para la actuación social, política, científica, tecnológica, ética, estética, filosófica y cultural, entre otras.
Frente a estas formas logocéntricas se estructuran y se desarrollan también formas de resistencia, de disidencia y transgresión; pero en algún momento histórico coincidirán en el nivel de sumatoria (del equilibrio momentáneo) con las formas antagónicas; ya sea contradiciéndose o bien complementándose bajo la nomotética de la dialéctica que privilegia los diálogos, los consensos y los acuerdos; siendo estos temporales, frecuentemente frágiles y coyunturales.
Ahora bien, en el campo de la política encontramos presente un conjunto de argumentos que se exponen “a los otros” como lances de convicción para que los sujetos receptores los acepten y sean incorporados al marco futuro de sus explicaciones e interpretaciones. Esta es la propuesta que se pone a prueba frente al ciudadano en vías de elección; corriendo el riesgo de que la propuesta original se pierda, quedándose la relación entre los interlocutores, sin propuesta alguna; instalándose el caos; surgiendo, probablemente, la posibilidad de una propuesta subversiva, en contracorriente a la instalación de logos propuesto.
5. El logos como única razón. Víctimas y victimarios.
Las víctimas de hoy se sacrifican en pos de la permanencia del logos establecido; son consideradas como daños colaterales, que han tenido la mala fortuna de estar en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno; se encontraban ahí, en el espacio y tiempo elegidos para la acción decidida por el omnipotente, el que se considera poseedor del logos. Así, el sacrificio del infortunado se justifica por la causa mayor, por la del logos verdadero. En esta vorágine destructiva se encuentran mezclados en un extraño coctel, tanto salvadores como demonios; unos y otros son considerados peligros inminentes para el bien social; para aquellos que aún requieren ser tutorados, pues como lo sustentaba Kant, no han adquirido la mayoría de edad. Pero además, se mezclan los mártires, que son capaces de darse por el bien de todos; se sacrifican voluntariamente, ofreciendo su cabeza para que el demiurgo no sufra ningún cuestionamiento. Se donan como rehenes, como víctimas voluntarias de una acción punitiva que el todo poderoso inicia para castigar al que se salió del recto actuar y del sendero correcto.
En nombre del logos, de la razón fundante, de lo mejor para el otro, se han cometido abusos y errores que han contribuido a la desaparición de la cultura y de los pueblos; sacrificando o silenciando a inocentes, que la historia registra como víctimas o daños colaterales. Así, escuchamos hablar de los kamikazes, de las bombas humanas, de los inmolados, de las víctimas voluntarias que se sacrifican porque los movimientos libertarios continúen; que lo hacen por la causa o por la permanencia del statu quo en las instituciones del Estado, de las religiones y la fe o de los regímenes totalitarios. ¿Pero cómo explicar y explicarnos los magnicidios políticos de nuestra época, los inocentes silenciados o los chivos expiatorios, inspirados en la tradición judeocristiana? ¿Cómo comprender e intentar justificar que los pocos pretendan arrogarse la voluntad y la voz de los otros, tomando decisiones por ellos? ¿Cómo aceptar, sin convencernos, que la potestad individual del sujeto se expropie para sumarla a la magna decisión del otro, del omnipotente decididor, asumiendo como propio un poder potestatario que no le pertenece? ¿Es acaso justificable esta postura arrogante y aniquiladora del sujeto que se asume como poseedor del logos verdadero para disolver el caos y poner orden en el cosmos?
No es justificable, ni comprensible, ni explicable, que el otro intente siquiera apropiarse de la voluntad del sujeto de al lado, callándolo y aniquilándolo; pero tampoco es ético ni digno del sujeto, asumido como pensante, que permita trocar su voluntad por el supuesto beneficio pragmático de la prebenda y el premio; de ser así, habremos caído en la simulación mezquina de la hipocresía y la miseria humana, donde todos sabemos que simulamos afectos frente al otro pero que a sus espaldas lo denostamos y tratamos de destruirlo, pues hemos perdido el valor y la dignidad para hablar de frente.
6. Una mirada fugaz a las contradicciones sociales desde la óptica ciudadana. Incertidumbre y dudas ante lo impensable.
Hay que decir que el cuestionamiento del orden establecido en las estructuras organizacionales configura una suerte de desequilibrio del cosmos que les cohesiona, provocando conflictos ocasionados por la no sumisión del otro al tutelaje de los principios y convenciones dados como absolutos y fundantes. Entonces, ¿Cómo explicar las tensiones y eventuales rupturas de los gobiernos de las instituciones, frente a los rebeldes de pensamiento autónomo, insumisos, propositivos y progresistas?
Se gana mucho en un conflicto cuando los adversarios logran sentarse el uno frente al otro; originando con ello la posibilidad del diálogo. Las ideas verdaderas, de ambas partes, se confrontan; se escuchan y se transforman, una por la eficiencia explicativa de la otra. Así, el diálogo es el comienzo del entendimiento entre las partes conflictuadas; es útil para entender las controversias, incluso polemizando sobre algunos aspectos del logos defendido por cada parte, pues es probable que en su confrontación se logre establecer el consenso necesario para la construcción de acuerdos comunes.
Si el buen monarca, el dirigente institucional o el aprendiz de líder manejan y controlan las situaciones problemáticas a través de la palabra empeñada, lo hacen también a partir de su conducta moral. Y cuando esta conducta no corresponde, desde la visión del otro, del ciudadano, con la palabra prometida, se instaura en el otro la duda, se configura la incertidumbre pues el logos que les une se empaña. Entonces, es necesario evitar el caos y restablecer el cosmos. Aunque para lograrlo vayan en juego algunos sacrificios de los integrantes sacrificables que integran el grupo de tutores y tutorados. Pues ante el hecho demostrado por la dialéctica es necesario relanzar y fortalecer la retórica, tratando de convencer al otro de lo que es poco creíble, utilizando más la palabra verbal pues la conducta moral reprobable, ha sido evidenciada por la palabra escrita; ha sido denunciada por el otro, por el ciudadano inconforme que da salida a su malestar por medio del argumento del pensamiento; pero cuando carece de esa virtud de la escritura, se agazapa bajo el cobijo del rumor y en la voz soterrada del anonimato irresponsable.
Ahora bien, en nuestra actualidad de relaciones controvertidas y conflictuadas, los pretendidos detentores del logos verdadero, antagonistas irreconciliables, hoy se ponen de acuerdo para no despojar a Prometeo del fuego que posee, prometiéndole que no se aliarán con su enemigo para combatirle su supremacía; configurándose una alianza contradictoria e inverosímil en una rara coyuntura en la que pareciera ser que se construyen inesperadas armonías; tramposas y engañosas a la vista del sujeto ciudadano que observa incrédulo la miseria moral y el desprecio por los otros; tomando forma, irremediablemente, la desconfianza y el desencanto entre estos ciudadanos.
En sentido estricto, pareciera ser que la supuesta exigencia de libertad, de emancipación y ruptura de cualquier tipo de tutelaje hacen que el sujeto busque nuevos tutores para que se hagan cargo de los procesos libertarios y faciliten su permanencia (como tutorados que son) en la burbuja de confort añorada, pues fueron sacados de ahí sin su permiso, por lo que exigen volver a ahí para seguir gozando de las relaciones de obediencia y sujeción a sus intereses propios pero, mezquinamente, jamás por empatía ni por convencimiento de la causa social a la que pregonan pertenecer y defender; es más, en otros tiempos no lejanos, los tutores y los tutorados eran adversarios explícitos y hoy juegan a ponerse de acuerdo en el marco de una evidente simulación sobreentendida, falaz y deshonesta. Entonces, resulta que lo que antes era contrapuesto ahora concuerda; y lo extraño es que de estas discordancias, otrora irreconciliables, hoy se forma la más bella armonía; y todo esto se engendra por la discordia; pero seguramente se esboza un frankestein pendido por alfileres. Entonces, ¿los extremos se buscan para juntarse y conspirar? Lo cierto es que las contradicciones que hoy se conjugan en las instituciones tienen como propósito la construcción de supuestas verdades; de corta duración, seguramente, pues siendo tan endebles y efímeras se derrumbarán al primer embate de un connato contingente de desacuerdo; pues han nacido en la breve existencia de la coyuntura.
[1] El autor es Doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Caen, Francia desde 1984. Es profesor Titular en el Centro de Actualización del Magisterio en Michoacán (CAMM), en México, donde es responsable del curso de Iniciación a la Observación de los Procesos Escolares y del Seminario de Indagación de los Procesos Educativos I y II de la Maestría en Educación con terminales en Educación Preescolar y en Educación Primaria. Profesor de posgrado en educación en diversas universidades públicas de México. Articulista especializado en educación y política de revistas digitales y de papel, de México, Barcelona, España y Buenos Aires, Argentina. Ex Consejero Electoral Propietario integrante del Consejo General del Instituto Electoral de Michoacán (IEM) y del IFE. Correo electrónico: dralanis8492@hotmail.com
[2] El tema de los conflictos institucionales ya lo he tratado en otros trabajos, particularmente en el ensayo titulado Tiburones, Cocodrilos y Pulpos en la organizaciones, publicado hace ya más de 7 años en www.Sappiens.com cuya primera parte la escribí en el año 2002, como un ejercicio intelectual por analizar, y denunciar, lo que le sucede a los sujetos en la instituciones donde trabajan; en parte porque así les conviene o bien porque aún no han aprendido a navegar en sus aguas turbulentas. Dicho ensayo ha sido motivo de análisis en programas de posgrado de diversos campos de la ciencia, desarrollados en varios países; lo cual no hace más que motivarme para seguir compartiendo con los lectores una visión alternativa sobre las entrañas y los entarimados en las organizaciones políticas, educativas y culturales. Y el análisis sobre el Logos es una oportunidad de compartir nuevamente ideas sobre lo no dicho en las instituciones.
Dr. Antonio ALANÍS HUERTA[1]
“Podrán distorsionar mis actos, destruir y borrar mis textos o minar el espacio donde me muevo, pero jamás podrán someter mi voluntad ni mi pensamiento” (A. Alanís Huerta).
1. Preámbulo.
El logos verdadero, instituido para argumentar, sostener y justificar científicamente el pensamiento, en las culturas de las sociedades modernas, se enfrenta a razones de fe y tradición que le impiden traspasar, en un primer intento, la cultura del sujeto local, del nativo, para explicar y explicarse su relación con el entorno; pero paulatinamente, y de forma silenciosa, se constituye otro logos mutante y mutado, camaleónico, que de a poco va cubriendo las disidencias y las resistencias a su alcance en las instituciones. Se aborda el tema sobre el logos verdadero como vehículo de control del poder en las instituciones pero al mismo tiempo nos es útil para comprender cómo se gestan y se resuelven, a veces de manera radical, los conflictos en las instituciones[2]; es la invitación al lector a realizar un recorrido por las entrañas de los conflictos y las relaciones de poder en las organizaciones; sobre las decisiones que en nombre del logos se toman y sobre los actos de exterminio y exclusión de las ideas que se cometen en las estructuras organizacionales contra quienes tienen la osadía de pensar y de actuar distinto. Lo que probablemente valga para los sindicatos, las burocracias, los clubes de hobbies, los partidos políticos y otras organizaciones menores donde haya un jefe y subordinados; señalando que en todos esos casos se aplica, quizás, el esquema de reyes y súbditos, de tutores y tutelados.
2. Sobre el logos verdadero.
Seguramente, en reiteradas ocasiones, nos hemos preguntado por nuestros orígenes, como género humano, así como por la génesis e inmensidad del universo. Tan sólo una postura existencialista básica justifica estas interrogantes; más les sustentan las incertidumbres mundanas de los seres humanos frente a la complejidad del entorno inmediato. Queremos saber quiénes somos; qué hacemos en este reducido espacio donde nos movemos; o si tenemos una misión predeterminada en el mundo. E incluso nos preguntamos, cómo lo aprendimos y por qué pensamos como pensamos; o bien por qué cuestionamos nuestro propio pensamiento y hacia dónde lo dirigimos. ¿Acaso todo ello tiene una sola explicación? O mejor aún, ¿existe una explicación verdadera para cada pregunta?
De entrada, cuando escribimos intentamos comunicar un conjunto de ideas que hacen suponer que son producto de un pensamiento ordenado, coherente y consolidado. No obstante es probable que lo que constemos por escrito no corresponda, de manera fiel, con lo que pensamos comunicar; luego entonces estamos faltando a la correspondencia simbólica y sígnica de nuestro pensamiento. En el fondo de esta expresión del pensamiento está la palabra como símbolo de la inteligencia humana, esperando ser vehiculada por el lenguaje y la intención de un lance comunicativo. Empero, en la construcción intencionada del mensaje subyace un conjunto de reglas que legitiman o no la estructura del pretendido decir, más allá de ello subsiste, esperando con las normas descodificadoras enarboladas, el sujeto receptor que escuchará la palabra y se esforzará por comprenderla, poniendo en práctica su capacidad interpretativa.
El logos se transforma y se adapta pero no desaparece. El logos entra en juego y la nomotética del habla y del lenguaje evalúa su claridad y pertinencia. Así, el sujeto lanza su intelección racional con la febril urgencia de comprenderlo todo; de saberlo todo; sin que quede algo libre de interpretación y comprensión. De hecho esto justifica el paso por la escuela, a donde vamos por el logos verdadero, ese que nos empuja a franquear el umbral que da acceso a la luz que emana del conocimiento; vamos por los códigos de la élite, a la que aspiramos asociarnos para poder pertenecer y ser aceptados. No basta hablar como todo el mundo; es necesario aprender a hablar correctamente, pues el recto hablar nos asegura que podamos entrar al círculo del deseo; del saber y del conocimiento; al mundo del buen decir y bien portar(se). Pero ese primer acceso, sólo es una escala; habremos de buscar y aprehender el logos de lo escrito y sus códigos nomotéticos, con los cuales dejaremos bloqueados, atrás, los signos de la barbarie, el lastre de la ignorancia para aspirar a entrar a la élite de la intelección racional.
Así, la otredad queda sometida a los grilletes de la obscuridad, a la ausencia de códigos, ante la posibilidad denegada del logos verdadero. A menos que el “otro” acepte trocar una buena parte de su identidad cultural primigenia por el bagaje cultural del nuevo logos, que conlleva nuevos símbolos y otros signos. Así, el sujeto que aspira verdaderamente al nuevo escaño, habrá de sufrir su malestar transformador del cambio de piel, doloroso, que marcará su cuerpo con el nuevo color y el nuevo olor del nuevo ser. De manera tal que si el sujeto mutante acepta transitar hacia los dominios del logos inspirador, ha de sufrir la ruptura de lo que ha sido, hasta ahora, su morada protectora. En el ámbito del nuevo logos han sido expulsados los mitos, los pensamientos y las expresiones obscuras y vacilantes.
3. El nuevo logos en el ámbito de lo social.
Ahora, el tránsito y la permanencia en los escenarios y los senderos del nuevo logos están condicionados a la práctica permanente de las reglas, los horarios y los límites territoriales, (simbólicos y sígnicos) del espacio donde ahora se mueven los sujetos. Fuera de estos límites existen expresiones culturales de resistencia, de disidencia y transgresión; resistencia por permanecer dentro del logos marginal; de disidencia por pretender y aspirar a cruzar el umbral del logos deseado y de transgresión por incursionar de manera clandestina, en el territorio del logos verdadero. Pero también de disidencia y transgresión por intentar entrar en el terreno del deseo; y transgresión por pretender rescatar a los que ya se desplazan con satisfacción y agrado en el campo del nuevo logos. Aunque la pretensión moral de los transgresores, liberadores de los supuestos atrapados, no logre convencerlos para que retornen a su campo porque no se sienten fuera de él ni marginados en el nuevo logos, pues han logrado el acceso de forma legal, voluntaria y esforzada.
Las evidencias de los procesos culturales en las sociedades modernas subsisten gracias a las explicaciones justificadoras de la presencia del logos. Esto mismo lo encontramos de manera recurrente en el ámbito de lo educativo y de la política nacional; las resistencias y las disidencias han llegado a permanecer tanto tiempo ahí que hoy es difícil encontrar argumentos plausibles que sustenten de manera comprensible las bases de sus desacuerdos; es decir, se han perdido en el tiempo y en lo difuso de sus planteamientos preguntas fundamentales como: ¿Contra qué se está en desacuerdo? ¿Con qué se fundan los argumentos? Porque lo más comúnmente encontrado es contra quién se esgrimen las quejas planteadas. Dicho en otros términos, con mayor frecuencia encontramos el quién (reclama) y contra quién se dirigen los reclamos, pero hemos perdido en la penumbra de la incertidumbre la razón del qué. Y es sobre el qué, hacia donde es necesario lanzar las interrogaciones. Así, en el ámbito de lo educativo y de lo político encontramos estas resistencias y disidencias que a menudo se traslapan en las aulas y en las calles; se desbordan hacia las calles y se pierden en la mundanidad de las expresiones ideológicas y filiaciones políticas.
Pero estando situados nuevamente en la escuela, la pregunta básica interpela a la política educativa frente a la actuación didáctica y pedagógica; es decir, el logos institucional, nomotético, se diluye en las deformaciones del discurso pedagógico. Entonces, ¿hacia dónde hay que dirigir el trabajo pedagógico para enderezar el logos institucional para que no se destruya una identidad cultural pretendida y se imponga, se construya, otra identidad no deseada? O bien, ¿se pretende acaso que el caos sea la característica distintiva del logos educativo? De entrada no; se pretendería en todo caso, en la perspectiva de una propuesta lógica, convincente y subyugante en un tipo de lances teóricos y conceptuales que retenga al aspirante a ingresar al logos deseado y permanezca en él.
4. El nuevo logos en el ámbito de la política.
Es importante subrayar, categóricamente, que el logos occidental no corresponde a un punto cardinal y geográfico del plano cartesiano; occidente es un concepto cultural dominantemente ideológico que aglutina a modelos de organización para seguir (o a imponer) respecto de la visión aceptada de hacer ciencia; de estructura y organización política; de diseño económico; de axiología y estética; de maneras de enseñar el arte y la cultura; de enfoques conceptuales y métodos para enseñar y formar a los profesionales. De hecho se trata de las formas admitidas, consensuadas y convenidas para la actuación social, política, científica, tecnológica, ética, estética, filosófica y cultural, entre otras.
Frente a estas formas logocéntricas se estructuran y se desarrollan también formas de resistencia, de disidencia y transgresión; pero en algún momento histórico coincidirán en el nivel de sumatoria (del equilibrio momentáneo) con las formas antagónicas; ya sea contradiciéndose o bien complementándose bajo la nomotética de la dialéctica que privilegia los diálogos, los consensos y los acuerdos; siendo estos temporales, frecuentemente frágiles y coyunturales.
Ahora bien, en el campo de la política encontramos presente un conjunto de argumentos que se exponen “a los otros” como lances de convicción para que los sujetos receptores los acepten y sean incorporados al marco futuro de sus explicaciones e interpretaciones. Esta es la propuesta que se pone a prueba frente al ciudadano en vías de elección; corriendo el riesgo de que la propuesta original se pierda, quedándose la relación entre los interlocutores, sin propuesta alguna; instalándose el caos; surgiendo, probablemente, la posibilidad de una propuesta subversiva, en contracorriente a la instalación de logos propuesto.
5. El logos como única razón. Víctimas y victimarios.
Las víctimas de hoy se sacrifican en pos de la permanencia del logos establecido; son consideradas como daños colaterales, que han tenido la mala fortuna de estar en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno; se encontraban ahí, en el espacio y tiempo elegidos para la acción decidida por el omnipotente, el que se considera poseedor del logos. Así, el sacrificio del infortunado se justifica por la causa mayor, por la del logos verdadero. En esta vorágine destructiva se encuentran mezclados en un extraño coctel, tanto salvadores como demonios; unos y otros son considerados peligros inminentes para el bien social; para aquellos que aún requieren ser tutorados, pues como lo sustentaba Kant, no han adquirido la mayoría de edad. Pero además, se mezclan los mártires, que son capaces de darse por el bien de todos; se sacrifican voluntariamente, ofreciendo su cabeza para que el demiurgo no sufra ningún cuestionamiento. Se donan como rehenes, como víctimas voluntarias de una acción punitiva que el todo poderoso inicia para castigar al que se salió del recto actuar y del sendero correcto.
En nombre del logos, de la razón fundante, de lo mejor para el otro, se han cometido abusos y errores que han contribuido a la desaparición de la cultura y de los pueblos; sacrificando o silenciando a inocentes, que la historia registra como víctimas o daños colaterales. Así, escuchamos hablar de los kamikazes, de las bombas humanas, de los inmolados, de las víctimas voluntarias que se sacrifican porque los movimientos libertarios continúen; que lo hacen por la causa o por la permanencia del statu quo en las instituciones del Estado, de las religiones y la fe o de los regímenes totalitarios. ¿Pero cómo explicar y explicarnos los magnicidios políticos de nuestra época, los inocentes silenciados o los chivos expiatorios, inspirados en la tradición judeocristiana? ¿Cómo comprender e intentar justificar que los pocos pretendan arrogarse la voluntad y la voz de los otros, tomando decisiones por ellos? ¿Cómo aceptar, sin convencernos, que la potestad individual del sujeto se expropie para sumarla a la magna decisión del otro, del omnipotente decididor, asumiendo como propio un poder potestatario que no le pertenece? ¿Es acaso justificable esta postura arrogante y aniquiladora del sujeto que se asume como poseedor del logos verdadero para disolver el caos y poner orden en el cosmos?
No es justificable, ni comprensible, ni explicable, que el otro intente siquiera apropiarse de la voluntad del sujeto de al lado, callándolo y aniquilándolo; pero tampoco es ético ni digno del sujeto, asumido como pensante, que permita trocar su voluntad por el supuesto beneficio pragmático de la prebenda y el premio; de ser así, habremos caído en la simulación mezquina de la hipocresía y la miseria humana, donde todos sabemos que simulamos afectos frente al otro pero que a sus espaldas lo denostamos y tratamos de destruirlo, pues hemos perdido el valor y la dignidad para hablar de frente.
6. Una mirada fugaz a las contradicciones sociales desde la óptica ciudadana. Incertidumbre y dudas ante lo impensable.
Hay que decir que el cuestionamiento del orden establecido en las estructuras organizacionales configura una suerte de desequilibrio del cosmos que les cohesiona, provocando conflictos ocasionados por la no sumisión del otro al tutelaje de los principios y convenciones dados como absolutos y fundantes. Entonces, ¿Cómo explicar las tensiones y eventuales rupturas de los gobiernos de las instituciones, frente a los rebeldes de pensamiento autónomo, insumisos, propositivos y progresistas?
Se gana mucho en un conflicto cuando los adversarios logran sentarse el uno frente al otro; originando con ello la posibilidad del diálogo. Las ideas verdaderas, de ambas partes, se confrontan; se escuchan y se transforman, una por la eficiencia explicativa de la otra. Así, el diálogo es el comienzo del entendimiento entre las partes conflictuadas; es útil para entender las controversias, incluso polemizando sobre algunos aspectos del logos defendido por cada parte, pues es probable que en su confrontación se logre establecer el consenso necesario para la construcción de acuerdos comunes.
Si el buen monarca, el dirigente institucional o el aprendiz de líder manejan y controlan las situaciones problemáticas a través de la palabra empeñada, lo hacen también a partir de su conducta moral. Y cuando esta conducta no corresponde, desde la visión del otro, del ciudadano, con la palabra prometida, se instaura en el otro la duda, se configura la incertidumbre pues el logos que les une se empaña. Entonces, es necesario evitar el caos y restablecer el cosmos. Aunque para lograrlo vayan en juego algunos sacrificios de los integrantes sacrificables que integran el grupo de tutores y tutorados. Pues ante el hecho demostrado por la dialéctica es necesario relanzar y fortalecer la retórica, tratando de convencer al otro de lo que es poco creíble, utilizando más la palabra verbal pues la conducta moral reprobable, ha sido evidenciada por la palabra escrita; ha sido denunciada por el otro, por el ciudadano inconforme que da salida a su malestar por medio del argumento del pensamiento; pero cuando carece de esa virtud de la escritura, se agazapa bajo el cobijo del rumor y en la voz soterrada del anonimato irresponsable.
Ahora bien, en nuestra actualidad de relaciones controvertidas y conflictuadas, los pretendidos detentores del logos verdadero, antagonistas irreconciliables, hoy se ponen de acuerdo para no despojar a Prometeo del fuego que posee, prometiéndole que no se aliarán con su enemigo para combatirle su supremacía; configurándose una alianza contradictoria e inverosímil en una rara coyuntura en la que pareciera ser que se construyen inesperadas armonías; tramposas y engañosas a la vista del sujeto ciudadano que observa incrédulo la miseria moral y el desprecio por los otros; tomando forma, irremediablemente, la desconfianza y el desencanto entre estos ciudadanos.
En sentido estricto, pareciera ser que la supuesta exigencia de libertad, de emancipación y ruptura de cualquier tipo de tutelaje hacen que el sujeto busque nuevos tutores para que se hagan cargo de los procesos libertarios y faciliten su permanencia (como tutorados que son) en la burbuja de confort añorada, pues fueron sacados de ahí sin su permiso, por lo que exigen volver a ahí para seguir gozando de las relaciones de obediencia y sujeción a sus intereses propios pero, mezquinamente, jamás por empatía ni por convencimiento de la causa social a la que pregonan pertenecer y defender; es más, en otros tiempos no lejanos, los tutores y los tutorados eran adversarios explícitos y hoy juegan a ponerse de acuerdo en el marco de una evidente simulación sobreentendida, falaz y deshonesta. Entonces, resulta que lo que antes era contrapuesto ahora concuerda; y lo extraño es que de estas discordancias, otrora irreconciliables, hoy se forma la más bella armonía; y todo esto se engendra por la discordia; pero seguramente se esboza un frankestein pendido por alfileres. Entonces, ¿los extremos se buscan para juntarse y conspirar? Lo cierto es que las contradicciones que hoy se conjugan en las instituciones tienen como propósito la construcción de supuestas verdades; de corta duración, seguramente, pues siendo tan endebles y efímeras se derrumbarán al primer embate de un connato contingente de desacuerdo; pues han nacido en la breve existencia de la coyuntura.
[1] El autor es Doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad de Caen, Francia desde 1984. Es profesor Titular en el Centro de Actualización del Magisterio en Michoacán (CAMM), en México, donde es responsable del curso de Iniciación a la Observación de los Procesos Escolares y del Seminario de Indagación de los Procesos Educativos I y II de la Maestría en Educación con terminales en Educación Preescolar y en Educación Primaria. Profesor de posgrado en educación en diversas universidades públicas de México. Articulista especializado en educación y política de revistas digitales y de papel, de México, Barcelona, España y Buenos Aires, Argentina. Ex Consejero Electoral Propietario integrante del Consejo General del Instituto Electoral de Michoacán (IEM) y del IFE. Correo electrónico: dralanis8492@hotmail.com
[2] El tema de los conflictos institucionales ya lo he tratado en otros trabajos, particularmente en el ensayo titulado Tiburones, Cocodrilos y Pulpos en la organizaciones, publicado hace ya más de 7 años en www.Sappiens.com cuya primera parte la escribí en el año 2002, como un ejercicio intelectual por analizar, y denunciar, lo que le sucede a los sujetos en la instituciones donde trabajan; en parte porque así les conviene o bien porque aún no han aprendido a navegar en sus aguas turbulentas. Dicho ensayo ha sido motivo de análisis en programas de posgrado de diversos campos de la ciencia, desarrollados en varios países; lo cual no hace más que motivarme para seguir compartiendo con los lectores una visión alternativa sobre las entrañas y los entarimados en las organizaciones políticas, educativas y culturales. Y el análisis sobre el Logos es una oportunidad de compartir nuevamente ideas sobre lo no dicho en las instituciones.
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